Entre las hojas que cubren el suelo de marrones, ocres y verdes corre un hilo de plata. Es el sol ya un disco de un amarillo pálido triste que se pierde entre los troncos. Una ráfaga repentina sacude las hojas en un breve remolino, un baile nervioso y fugaz como un suspiro. El parque se va quedando solo. Niños, ancianos y perros, caminantes sin rumbo, militares, vendedores y mirones, todos se marchan. Comienza el tiempo de las parejas que, al amparo de las sombras, acuden en busca del rincón escondido, del banco apartado para, al son de aromas de un invierno temprano, acompasar el ritmo de sus ilusiones.
¿Qué hago yo aquí, en esta hora? Soy una sombra extraña, un intruso, un extraviado. Recuerdo otros parques, otras tardes, otros inviernos. En París, cuando el vacío se instaló a mi alrededor y creó por primera vez un muro frente al mundo que a duras penas sabía franquear y a cuyo interior regresaba cual guerrero que busca como curar sus heridas consciente que en el próximo combate quizá no tenga tanta suerte.
O en el sur, reciente aún, doliente siempre, en aquellos jardines rebosantes de sonidos confusos, algunos proviniendo de la calle, la mayoría surgiendo como espectros del fondo de mi mente, por donde vagaba arrastrado por una corriente que ni sabía ni quería controlar. Allí, en otro banco parecido a este que me sostiene ahora, protegido por una noche como esta, cogía su mano como el que espera espantar las pesadillas abrazando la almohada. Allí, en la noche, apuraba mis últimos instantes junto a ella. Nuestro era el tiempo, el paraíso, si quisiéramos. Todo era tan cierto como yo quisiera y yo quería vivir ese sueño sin principio y sin término. Ella era tan cierta como yo quisiera y yo estaba ciego a cuanto pudiera borrar el encantamiento.
Ahora, recuerdo. Ya sólo me queda eso. He regresado de nuevo tras la muralla. Esta vez no ha habido suerte. Nada me había preparado para semejante combate. Las heridas tienen vida propia. Tal vez pueda decir que he aprendido.
Observo el sol que ya, desaparecido tras la loma, ha quedado reducido a un resplandor que agoniza. La noche voraz devorará sin piedad sus últimos destellos. Recuerdo también otros anocheceres anteriores, que he vivido como si fueran de verdad los primeros, o como si fueran en realidad los últimos.
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