La pequeña ventana arranca al sol extraños colores que parecen correr por el suelo de madera como luciérnagas ingrávidas y transparentes que intento tapar con mi dedo que, al instante, parece haberse impreso de colores y de luz. El salón está en silencio y yo lo lleno por entero. A lo lejos, al final del pasillo, desde la cocina, llegan a mí los ecos de voces apagadas y constantes como martillazos ligeros sobre una superficie acolchada. Monótonas, perennes, son como el sonido de una lluvia de palabras sobre un cristal invisible. Recuerdan a iglesia, a penitencia o a rosario.
Una brisa, delgada como un cuchillo, balancea a ratos la blanca cortina de enormes flores verdosas que parece agitada por una mano misteriosa como un abanico gigante. Es verano aún; no sé por cuanto tiempo, pues septiembre está al caer, con su ruido de hojas y el corretear de los zapatos negros sobre los charcos. Pero es agosto aún y parece, por momentos, que el tiempo se detuviera y me mirara, compasivo, como queriendo darme una tregua sabedor, naturalmente, que es él quién tiene siempre la última palabra.
En un papel dibujo torpes líneas verticales y horizontales, rápidas y diminutas. Salpico el espacio de nerviosos trazos que sólo en mi imaginación representan dos ejércitos enfrentados.
La brisa insiste de pronto con más ímpetu y la cortina me parece ahora una bandera que creciera y ondeara orgullosa hasta rozar la mesa contigua. Sobre ella, impasibles aún, dos retratos en sus marcos gemelos y plateados anuncian una mínima victoria de un pasado aún cercano frente al correr de las estaciones.
Sin querer, un trazo se me escapa del papel a la alfombra y entonces descubro una presencia inmensa que planea sobre toda la casa y tiene la voz seca y fuerte del abuelo. Siento el corazón saltando en el pecho con la vitalidad de un pez recién pescado y paso la mano sobre una invisible línea azul que imagino que brillará con luz propia, aunque misteriosamente permanece aún invisible, escondida entre las flores rojas y las verdes hojas de la alfombra. Y al instante olvido todo de nuevo y escucho el lento martilleo de las voces en la cocina, la leve fricción del viento en la cortina y un estruendo inocente en una hojita de papel.
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