sábado, 8 de agosto de 2009

XX

Estoy frente al mar mientras el sol camina hacia un horizonte de tiralíneas. El aire es frío. Es de invierno. Pero el sol de esta tarde de marzo es cálido, como una caricia. Me invita a quedarme. Estoy solo y dejo que los sentidos marquen el camino. La brisa, sigilosa, pasa de puntillas, rozándome la espalda con su mano helada. Aquí y allá escucho el trino de los pájaros silvestres y no los veo. Están ahí, como las nubes y como la espuma que se levanta sobre las rocas lejanas sin ruido, silenciosa como una señal secreta. Y la luz. La luz es única y al tiempo se va muriendo suavemente, casi sin querer despedirse del todo.

Comprendo de pronto que estoy viviendo un momento especial y me relaja la idea de ser consciente, en este instante, de la vida y del tiempo. He vivido otros atardeceres. Todos han sido únicos y se han ido. Cada día, cada hora, cada luz y cada sombra son en el instante en que nos rodean y pasan, despacito y sin ruido, de la retina a la memoria y al alma. Sin prisas.

No hay nadie más que yo viviendo este instante. Esta tarde es mía. Y es irrepetible. Solamente yo soy testigo de su belleza y de su caducidad inmediata. No existe sin mí. Y nunca más habrá otra semejante. Esta brisa y este calor, la nube que se extiende como un techo rechoncho entre el mar y el cielo, jamás se repetirán. Y yo soy testigo de este momento. Y son consciente de ello.

No lo fui entonces, hace años, cuando me cité con ella en el parque, sobre el mar. Aquel fue el primero de otros encuentros sin pasado y sin futuro. Era septiembre. El verano estaba dejando paso al otoño cálido y gris de suelos marrones y cielos de acero. Pero aún estaba ahí, contigo, dibujado en tu piel y en tu mirada. Yo miraba al frente porque apenas me atrevía a mirarte a los ojos y entonces, cuando dejaba de escrutar el más allá, me quedaba mirando tu nariz y tus labios y dejaba que me calaran tus palabras como la lluvia. Ya no recuerdo, sin embargo, apenas nada. Salvo tu tristeza repentina y el llanto. Hubiera podido sentirme feliz por ser la única persona en el mundo que vivía ese instante. Lo hubiera sido si lo hubiera sabido.

Tú nunca serías la misma. Ya no. Vendrían otros a escucharte y a mirarte a los ojos. Pero no estarías ya como en septiembre. Ni yo tampoco.

Todos los días son únicos. Y yo soy un malgastador de momentos. Paso de largo sin querer detenerme o sin saber hacerlo. Pero en ocasiones consigo pararme un momento, como esta tarde, y atrapar en mis manos el tiempo y beberlo sin prisa, a mi manera. Verlo desaparecer, después, es ya de una tristeza más pequeña. Inevitable.

Me consuela recoger ahora, tantos años después, los momentos en que te tuve conmigo y saber que entonces, por unos minutos, nadie más estuvo tan cerca del paraíso.

No hay comentarios: