miércoles, 26 de noviembre de 2008

XI

Hay recuerdos persistentes, imborrables, al igual que algunas manchas en nuestra ropa cuando éramos niños, huellas impagables de nuestras travesuras; o como las cicatrices de mis rodillas, fruto de tantas y tantas caídas; de una en concreto recuerdo el instante exacto y el lugar y la compañía y la he visto subirme pierna arriba al ritmo en que iba yo creciendo y uno termina por comprender que sin ella ya no sería lo mismo, pues es una llamada constante para que no olvide, cumpliendo su humilde cometido, como cualquier foto de la infancia.

Y entre tantos recuerdos pasados, aquellos vinculados a mi abuelo son ciertamente los que conservan más fuerza, hasta el punto de dejarme siempre los ojos vidriosos. Es como si contemplara una película en blanco y negro y por una extraña tendencia mía al llanto me conmueve ver mi imagen junto a la del abuelo, en una época donde las penas parecían infinitas y las alegrías tenían la facultad de volar como cometas de colores.

El abuelo era entonces un gigante de voz terrible. Su mirada imponía silencio, su nombre bastaba para atemorizarme. Pertenecía a lo que yo llamo ahora la vieja escuela: aquella triste generación de “la letra con sangre entra” y las estrecheces y cierta miseria con la que identifico los años veinte y treinta del pasado siglo en los que discurrió su infancia y juventud. Había luchado en la Guerra en el bando nacional y para mi, por lo tanto, tenía cierta aura de héroe. Era, resumiendo, serio y autoritario. Apenas jugaba conmigo y el único recuerdo que conservo jugando juntos es de un combate de boxeo. Como solo teníamos un par de guantes, cada uno se armó con uno (eran rojos, como los de verdad, y yo me lo enfundaba en la mano pero el abuelo no, pues ahora comprendo que no le cabía) y me ganó con una facilidad asombrosa, al menos para mi. Recuerdo que disfrutaba de su superioridad de la misma manera que ahora disfruto yo cuando peleo con mis niñas y observo sus diminutos esfuerzos, truncados por las risas, para aplicarme alguna llave que me venza.

Pero el papel del abuelo no era divertirnos, sino mostrarnos el camino. Y el camino era arduo y no dejaba mucho margen al error. Aprendí a leer junto a él, cada día a la vuelta del colegio me llevaba a la sala y, solos él y yo, me hacía leer párrafos como campos de minas. Leía yo con la angustia pegada a mis talones, sabiendo que cuando me equivocara caería implacable su advertencia. Juraría que me pegaba algún coscorrón, si bien me han asegurado que no era así. En todo caso, la imagen de la puerta acristalada se me sigue apareciendo nítida como la antesala de un pequeño martirio.

Y sin embargo, en mis primeros días de escuela, cuando estaba más asustado que nunca y me negaba a ir al recreo con los demás niños por miedo a que me tiraran, el abuelo se acercaba al colegio y me hacía compañía mientras, sentado junto al portero de la escuela, esperaba a que terminara el recreo para subir justo antes que llegara la riada de estudiantes corriendo en estampida escaleras arriba.

No era hombre de halagos y su manera de estimularme, ahora lo veo así, consistía en quitar mérito a lo que yo creía pequeñas hazañas. El resultado era mi desmoralización total.

Al final, me convencí que estaba defraudando al abuelo. Nunca se lo pregunté, no hubiera tenido valor para hacerlo y menos aún para encajar la respuesta si esta viniese a confirmar mi suposición. Pero yo era un niño miedoso y, si bien las notas era buenas, pasé por la infancia con la sensación de no haber estado a la altura.

Por ello, uno de los recuerdos más entrañables que conservo de él es el día que regresé a casa tras un año trabajando en el extranjero y el abuelo me abrazó llorando de emoción. Estaba ya enfermo y viejo y no era ni la sombra de lo que había sido en mi imaginación. Pero aún así, sabiendo que era un auténtico hombre de la vieja escuela, educado en el “los hombres no lloran”, al ver como la alegría y el cariño lo desbordaban como un río desbocado, supe al fin que no le había defraudado.

X

“Miraba la calle desierta en esa hora en que aún la vida no ha brotado”. Muchas veces he escrito esta frase o alguna parecida. Llevo más de veinte años anclado en esa frase y ya es como un cuadro: con sus colores, su textura y un único actor entre sombras, como un espía que no espía nada. La calle, a fuerza de imaginarla, se ha vuelto real y tal vez exista en alguna ciudad. Hasta puede que un día me aloje en algún hotel y desvelado me levante y me asome al cristal para contemplar una calle desierta y de adoquines brillantes y húmedos a la luz de alguna farola. Entonces, me convertiría yo en mi personaje y podría verme contemplando el vacío sin distinguir donde empieza realmente.

Pero nunca se me ocurrió una continuación más allá de alguna frase escueta que, como el adorno de un sombrero de señora, apenas sirve más que para ocultar realmente lo que interesa. Es el vacío. Como el de la calle imaginada. Y tal vez no debería empeñarme en darle forma; tal vez su forma sea esa: breve, truncada y abierta.

Un relato puede tener una sola palabra o, dicho de otra manera, en una sola palabra se puede contener toda una historia. ¿Qué palabra contendría mi vida? No me atrevo a escribirla. Tal vez sería cada uno de mis compañeros de viaje el que debiera buscarla por mi y para mi. Pero entonces, la única palabra serían varias, como un racimo. Y yo quiero una. Una palabra, una foto … Aunque tal vez esa foto exista ya. Es un retrato que me hicieron en el colegio, allá por mis cuatro años, para un carné escolar. Ahí estoy, sonriendo, y en la mirada creo adivinar cierto vértigo inconsciente ante la vida.

Así era yo y así lo sigo siendo en realidad: una mirada; a veces hacia fuera, otras muchas hacia dentro.

IX

Los recuerdos tienen vida propia, como si caminaran. Las tardes me llevan adónde ellas desean. Y estas tardes últimas me arrastran al campo de los recuerdos, y sueño con la mirada perdida.

Pasan las horas y crecen las sombras, como hierbas salvajes, desde el alma hasta tapizarlo todo y entonces soy yo también este aire casi cálido, nocturno, que ni ruido hace. Es como si naufragara. O como si a bordo de un barco viera alejarse el muelle, las casas iluminadas y los rostros conocidos. Y me voy. Me alejo de todo salvo de mi mismo. Y la sensación de abandono me cubre, como una vieja manta raída que no abriga y cuyos colores son como los de una bandera.

Entonces, mis manos pierden fuerza, mis piernas son torpes y lentas y la cabeza se inclina, como un tallo flexible en los campos frente al mar. Solamente deseo descansar y jamás lo consigo en estos días. El cansancio soy yo; yo que estoy cansado y no puedo perderme, ocultarme de mi mismo por más tiempo. No quiero la soledad, en realidad no es una buena compañera. “No eres tú”, le digo, me digo, y presiento que en el silencio que sigue están la burla y el desprecio.

A veces llamo a todas las puertas a la vez o me quiero subir a lo alto de una loma y gritar o agitar los brazos como aspas de molino. O repentinamente recuerdo un gato acostado al sol o un lugar (más tiempo que espacio en verdad) en que fui feliz y salgo en su búsqueda; aunque de antemano sé que el gato no estará allí y que ese lugar, ese instante, fue el milagro de una estación efímera.

En esas tardes todo gime, todo se me escapa y si correr pudiera … tampoco podría alcanzar nada. Soy un pilar fijo, anclado y sin manos. Soy los ojos y apenas nada más. Como un árbol, se posan en mí y parten la vida y los cantos y no puedo conservar las hojas. En cuanto acepto mi mundo tal y como lo veo en esas tardes, el silencio crece como la oscuridad en los bosques y allí me pierdo, como una mota de polen, arrastrado y casi feliz de sentir que pertenezco al fin a la noche.

Un día, sin embargo, algo se quiebra, tan levemente, tan en silencio que es como si nada hubiera sucedido. Todo es exactamente igual que el día precedente. Pero es como si abrieran una ventana y pudiera de repente escuchar el ruido de la calle.

jueves, 7 de agosto de 2008

VIII

Es la tarde. Es "en" la tarde.

Una tarde más, de sol y de silencio; como tantas otras que repito incansable como buscando en su perfecta identidad la eternidad de un tiempo feliz que conservar entre hojas pardas en cualquier gaveta.

Porque en las tardes busco el silencio y me reclino cerrando los ojos como si pudiera llenar los pulmones de una paz cálida, de un silencio que me invada y me acaricie, como cuando me arrullan los recuerdos y los siento deslizarse como unas manos de mujer sobre mi espalda desnuda.

Bajo al camino que lleva a los molinos. Los campos desiertos y el sol me calman el paso y adapto los latidos de mi cuerpo a la cadencia de las hojas y el acompasado vuelo de las mariposas. Dejo atrás la vida y penetro en la tarde soleada de un otoño cálido y extraño que se nos ha posado en los hombros con la candidez del cabello.

De pronto veo un gato que trepa por la roca hasta quedarse inmóvil, mirándome tranquilo, con el sol en la frente. Se acuesta y medio se adormece y yo trepo a otra roca vecina y me recuesto como él, como si nada más tuviera sentido que este baño cálido de luz y de silencio.

Enfrente, el sol camino del mar y el camino a mis pies, polvoriento y seco, rodeado de campos desnudos. Es otoño y la tierra reposa cansada y se cierra en sí misma y se cubre de marrones y de grises. Aún parece que el viento se estanca en el valle. Y mienten los cielos.

Cierro los ojos y por un momento parece que estoy yo solo en este universo y que la vida no es más que este calor del sol declinando y muriendo y que nada más importa ya que cerrar los ojos o llamar a ese gato que me mira con desconfianza y hacerlo compañía mía para el invierno.

Estás ahí aunque estás lejos. Porque arrastro conmigo, como el caracol, mi hogar y mis recuerdos … y mis sueños, siempre los mismos, como estas tardes en silencio. Y aquí, callada, miras al infinito y respiras y callas. Voy tejiendo estas tardes interminables. Repito el gesto, ando por el sendero de ayer que es el mismo y busco la flor, el tallo y el ave y los encuentro. Repito los días pero solamente las tardes me pertenecen porque viven en mí y para mí y en ellas me siento cobijado y en ese silencio, que es ya mi voz y la voz de mis sueños.

A veces las tardes son breves y hay días en que parece que nada pudiera suceder si yo no lo deseo. Al final, de vuelta a casa, me queda la próxima tarde mientras el otoño pasa despacito y parece querer quedarse.

sábado, 26 de julio de 2008

VII

Hoy ha llovido, con ese cielo blanquecino que no se sabe si es de nubes o de niebla, que pende sobre las cosas como un telón de un teatro, inmóvil, frío y serio.

domingo, 8 de junio de 2008

VI

El viento sopla del mar hacia la tierra. Vuela como una bandada de gaviotas y no se detiene nunca. Silba y se escapa, como los malos pensamientos o los deseos. Es un viento frío y furioso y me gusta.

Este sol oblicuo aún arrastra los últimos calores del verano en su curva, de este verano siempre breve y frágil en el norte, como un niño recién nacido.

El sendero desciende y yo acompaño el descenso y parece encendido, como si un incendio iluminara los tallos que brillan y se agitan, mecidos por este aire de sal que baja del norte acarreando noches inmensas de estrellas que parecen copos diminutos pendiendo de la nada.

De la nada nace la cabaña, solitaria como un curioso faro erguido en medio de los campos azotados por el viento. El silencio lo abarca todo, como un horizonte sin límites y de repente descubro ese silencio cargado de voces que me acunan y me arrastran, como a los tallos el viento, cantando canciones de mi infancia .... y recuerdo.

Y desde lo alto del refugio me siento como un capitán en el puente del navío y las olas son los juncos agitados por el viento, en un vaivén suave que me recuerda a los cabellos de una hermosa mujer, cantando; y su voz es este viento salino y frío, de invierno, que se cuela entre las maderas con el sol, declinando ya, cálido como una hoguera, dulce como un beso.

Así paso la tarde. Me reclino en la tarde y persigo a mis pensamientos que se extienden como las alas negras de los cuervos inquietos, planeando sobre todo lo que conozco y sobre todo cuanto anhelo.

Me imagino que vienes, de repente, para llenar este espacio de otra luz que yo no poseo. Y entonces, si fuera cierto, te llevaría hasta el agua y hasta la arena. Con el viento en el pelo y las manos llenas. Y la mirada, como cuando era un niño, repleta de sol y de agua.

Me asomo a los campos y me siento volar, desprendido de toda rutina y de cualquier deseo. Casi libre, como esos campos que se inclinan y se yerguen. Y el viento silbando. Casi parece que puedo respirarlo.

Pasan los cuervos, sin discreción. Y una garza planea silenciosa y se posa y hierática se queda, cual estatua, mirando al infinito. ¿Duerme?

miércoles, 21 de mayo de 2008

V

En esta hora caprichosa y extraña me asomo a la calle y veo un desierto amarillo y de sombra; y como una serpiente se arrastran los minutos bajo este extraño sol que parece aplastar el aire.

En medio de este silencio extraño, plagado de amenazas y sin embargo extenso como el horizonte en una playa, una paloma corretea por las sombras, ajena a todo, irreal, en silencio.

Silencio... que persigo a veces con la obstinación del marino. Me gusta el instante perfecto de calma absoluta, ese instante que nos atrapa y nos hace diminutos. Y por ello me recreo en ese segundo anterior al sueño, cuando te abandonas y te vas, de la mano del silencio, a un lugar siempre nuevo. Allí puedo amar sin límites, puedo ser como cualquiera, puedo sufrir incluso, sufrir hasta el último aliento que me arranque y me traiga de nuevo a la rutinaria presencia de esta vida constante.

Y la soledad. Como esa paloma, ausente y extraña habitando un espacio lejano, estoy yo en esta tarde; fuera de todo, como si no perteneciera ya a esta tarde que contemplo desde una distancia confusa. No estoy lejos y tampoco cerca. Es como cuando en la playa, siendo un niño, jugabas con las olas, arriesgando un poco más, cada vez, y saboreas el vértigo y la ola te atrapa y, girando como una pluma en brazos del viento, ya no sabes lo que es la tierra o el cielo. Y así soy yo, ahora; y cuando el azar me empuja a una conversación furtiva, parece como si mis palabras no me pertenecieran.

Persigo el silencio, los miles de silencios que se me escapan; lo busco en cada ruido, en el viento gimiendo contra mi ventana, en el sonido lejano de un reloj, en los pasos sobre mi cabeza. Si lo encuentro, de repente, me siento un privilegiado, un rey ante una copa de vino. Y tal vez me embriague.

Y busco la soledad. Tanto tiempo sin compañías... y cada día la deseo más y cuanto más la deseo más comprendo que debería odiarla. Pero soy consciente que no elijo. Me lleva el aire allí donde se le antoja, me empuja y espero paciente, hinchada la vela, hacia cualquier destino.

Me voy. Dejo a la paloma entrando y saliendo de la sombra y me parece extraviarse. Me gustaría encontrarla mañana. A veces tengo un sueño hermoso, a veces, y deseo volver a soñarlo sin descanso. Me gustaría que esa paloma fuera eterna, como el silencio.