miércoles, 26 de noviembre de 2008

IX

Los recuerdos tienen vida propia, como si caminaran. Las tardes me llevan adónde ellas desean. Y estas tardes últimas me arrastran al campo de los recuerdos, y sueño con la mirada perdida.

Pasan las horas y crecen las sombras, como hierbas salvajes, desde el alma hasta tapizarlo todo y entonces soy yo también este aire casi cálido, nocturno, que ni ruido hace. Es como si naufragara. O como si a bordo de un barco viera alejarse el muelle, las casas iluminadas y los rostros conocidos. Y me voy. Me alejo de todo salvo de mi mismo. Y la sensación de abandono me cubre, como una vieja manta raída que no abriga y cuyos colores son como los de una bandera.

Entonces, mis manos pierden fuerza, mis piernas son torpes y lentas y la cabeza se inclina, como un tallo flexible en los campos frente al mar. Solamente deseo descansar y jamás lo consigo en estos días. El cansancio soy yo; yo que estoy cansado y no puedo perderme, ocultarme de mi mismo por más tiempo. No quiero la soledad, en realidad no es una buena compañera. “No eres tú”, le digo, me digo, y presiento que en el silencio que sigue están la burla y el desprecio.

A veces llamo a todas las puertas a la vez o me quiero subir a lo alto de una loma y gritar o agitar los brazos como aspas de molino. O repentinamente recuerdo un gato acostado al sol o un lugar (más tiempo que espacio en verdad) en que fui feliz y salgo en su búsqueda; aunque de antemano sé que el gato no estará allí y que ese lugar, ese instante, fue el milagro de una estación efímera.

En esas tardes todo gime, todo se me escapa y si correr pudiera … tampoco podría alcanzar nada. Soy un pilar fijo, anclado y sin manos. Soy los ojos y apenas nada más. Como un árbol, se posan en mí y parten la vida y los cantos y no puedo conservar las hojas. En cuanto acepto mi mundo tal y como lo veo en esas tardes, el silencio crece como la oscuridad en los bosques y allí me pierdo, como una mota de polen, arrastrado y casi feliz de sentir que pertenezco al fin a la noche.

Un día, sin embargo, algo se quiebra, tan levemente, tan en silencio que es como si nada hubiera sucedido. Todo es exactamente igual que el día precedente. Pero es como si abrieran una ventana y pudiera de repente escuchar el ruido de la calle.

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