“Miraba la calle desierta en esa hora en que aún la vida no ha brotado”. Muchas veces he escrito esta frase o alguna parecida. Llevo más de veinte años anclado en esa frase y ya es como un cuadro: con sus colores, su textura y un único actor entre sombras, como un espía que no espía nada. La calle, a fuerza de imaginarla, se ha vuelto real y tal vez exista en alguna ciudad. Hasta puede que un día me aloje en algún hotel y desvelado me levante y me asome al cristal para contemplar una calle desierta y de adoquines brillantes y húmedos a la luz de alguna farola. Entonces, me convertiría yo en mi personaje y podría verme contemplando el vacío sin distinguir donde empieza realmente.
Pero nunca se me ocurrió una continuación más allá de alguna frase escueta que, como el adorno de un sombrero de señora, apenas sirve más que para ocultar realmente lo que interesa. Es el vacío. Como el de la calle imaginada. Y tal vez no debería empeñarme en darle forma; tal vez su forma sea esa: breve, truncada y abierta.
Un relato puede tener una sola palabra o, dicho de otra manera, en una sola palabra se puede contener toda una historia. ¿Qué palabra contendría mi vida? No me atrevo a escribirla. Tal vez sería cada uno de mis compañeros de viaje el que debiera buscarla por mi y para mi. Pero entonces, la única palabra serían varias, como un racimo. Y yo quiero una. Una palabra, una foto … Aunque tal vez esa foto exista ya. Es un retrato que me hicieron en el colegio, allá por mis cuatro años, para un carné escolar. Ahí estoy, sonriendo, y en la mirada creo adivinar cierto vértigo inconsciente ante la vida.
Así era yo y así lo sigo siendo en realidad: una mirada; a veces hacia fuera, otras muchas hacia dentro.
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