miércoles, 26 de noviembre de 2008

XIX

Era el tiempo de los paseos solitarios. El tiempo de la nada y los vacíos. Los campos se extendían como sábanas y la luz al mediodía era casi transparente.

Era el mes de abril y me sentía cansado y se diría que me encorvaba al caminar y creo que por eso es por lo que salía en las tardes a los caminos, para calentar mis huesos con ese sol que dejaba atrás su frialdad invernal y prometía días más anaranjados, como hojas de un libro anciano.

Buscaba una roca elevada, junto a algún polvoriento camino por la ausencia de lluvias, y allí me adormecían los pensamientos más diversos que saltaban de un tiempo a otro sin ninguna aparente lógica, como gorriones nerviosos en las ramas desnudas. Así dejaba correr los días y en realidad que la vida transcurría indolente y lacia y evocaba con frecuencia los caminos que en mi infancia recorría en una bicicleta verde que saltaba entre surcos y piedras con la alegría de un saltamontes. Pero los recuerdos no eran más que fotos borrosas y caprichosas, destellos de relámpagos que a veces, si duraban lo justo, casi llegaban a emocionarme, como cuando contemplas el álbum de la boda mientras te preguntas qué es lo que salió tan mal y desde cuando perdiste el compás de los sueños.

Buscaba también el silencio. Pero el silencio mío era el trinar de un pájaro lejano, el rumor del mar, como un susurro permanente, y las notas que el viento dejaba en las ramas y en las praderas. No me hacía falta nota alguna más.

Había instantes en los que, sentado al sol que declinaba y se tornaba más y más frío, llegaba a apreciar el sentido de lo eterno. No era yo entonces ni la tarde era la misma. Se diría que una cúpula de cristal se había posado sobre mí y sobre todo aquello que me rodeaba, tanto afuera como dentro de mí, y dentro de ella se hubiera detenido el tiempo y todo pudiera conservarse así indefinidamente. Sentía, entonces, una sorprendente ligereza y podía llegar a pensar que mi cuerpo se había convertido en aire y nada pesaba en mí y el dolor jamás podría volver a tocarme; ni el frío tenía ya cabida en ese momento. Solamente la luz menguante venía a despertarme de tales ensoñaciones y entonces la caída se tornaba extrañamente dolorosa, como si de pronto mil alfileres acuchillaran el tiempo.

- No me conoces. Aún no sabes quién soy.

Supongo que todo despertar arrastra sus pesadillas. Y su mirada era firme y sincera. Y ante la verdad yo estaba desnudo y desarmado.

- ¡Ámame! , le gritaba, y al instante comprendía que mis palabras se quedaban cortas y la sonrisa que brotaba de sus labios me hablaba de un reino de sombras en donde ella no tenía cabida.

Espantando fantasmas regresaba con las primeras estrellas, escrutando ante mí, no fuera a pisar un caracol.

No hay comentarios: