jueves, 25 de agosto de 2011

XXIII

Me voy perdiendo en el tiempo, en las distancias, en las sombras que dejan tras de sí aquellos que me han amado. Me van cortando amarras y las pocas que quedan apenas me retienen a mi tierra y siento ya la marea con más fuerza tirando de mí hacia la soledad de una última travesía, desasistido de afectos, desprovisto de los recuerdos que me regalaban, como el riego a la tierra árida.

Nada es eterno y nos pasamos la vida peleando contra esta evidencia. Algunos no se resignan y se inventan paraísos más allá de toda lógica y se aferran a ellos como náufragos a un madero. Quisiera poseer esa fe fantástica y vivir en medio de ese sueño absurdo. Pero no puedo. O tal vez no quiera engañarme hasta ese punto.

Ella, que no pisó una iglesia en cuarenta años, se retiraba a su cuarto y en medio del silencio de la noche la oía rezar con una determinación sobrecogedora. Algo la empujaba a ese conjuro susurrado para sus adentros que buscaba en el eco de las paredes una presencia que se apiadara de sus pecados.

Pero ahora ya se olvidó de todas las oraciones. Y hasta de Dios y del pecado (bendito olvido). Se olvidó hasta de su difunto esposo, de su hija, de sus nietos, de la ciudad donde había vivido durante más de 90 años... Y con cada olvido su alma se hacía más pequeña, privada de todo alimento. Y su mirada se convirtió en algo vidrioso, lejano y vago... reflejo imperfecto del vacío de su mente, del desierto que había dejado en ella la muerte de sus recuerdos.

"Conserva tus recuerdos, es todo lo que te queda", decía Paul. Sin ellos somos viajeros de las sombras y estamos a la deriva.

Ella, sin recuerdos, ya no es nadie.

Cuando la veo, ahí sentada, con la mirada viajera, arrugada pero fuerte, y me observa con cierto esfuerzo y me saluda como quién recibe una visita inesperada de un completo desconocido, me doy cuenta que ya no es lo que fue para mí y yo no soy más que una confusa sombra, un mosaico de personas y de tiempos sin más unión que el mero azar o el capricho de una mente enferma. Está en su remoto reino y allí ya no hay cabida para nadie más.
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Han pasado los días, para ella iguales a sí mismos, como una lenta sucesión de segundos dormidos. Se han ido las fuerzas y se han ido los lamentos. Tan solo el vidrioso preguntar de una mirada sin destino. Ha venido la fiebre y luego el sueño y detrás de éste, la calma.
Imagino un silencio de convento y el aire quieto, pesado y cálido. Se ha caído la noche sobre su remoto reino.

Eres la sombra que se ha posado sobre todas las cosas.
Eres la madera y el olor de la madera.
En un silencio oscuro se ha quedado el alma.
Y el recuerdo picotea furioso entre las sombras del tiempo.
Eres la tierra y el olor de la tierra.
Y me has llenado la boca de tierra. Y el corazón.
Eres la que todo empequeñece.
Lo conviertes todo, absolutamente, en el átomo.
Y luego, en la nada. Absolutamente.
Eres la que me arranca y la que me pierde.
La que borra el paisaje y los horizontes y termina el viaje.
Eres la sombra que se ha posado en mi hombro
y que se ha apropiado de todo.
Y el tiempo ya no volverá a correr como antes lo hacía.

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Hoy, algo más de treinta días después, su gato también se marchó. Espero que ambos sigan con sus tonterías en algún lugar. Sé que es solo una esperanza o una quimera, mas así los recordaré.

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