Bajo hacia Castilla desde las montañas de Cantabria. Atrás queda Reinosa, entre sus nubes y sus verdes campos cercados por lomas redondeadas y suaves que, de alguna extraña manera, me hacen pensar en bebés. Reinosa se parece al paraiso, como si no perteneciera a este mundo, aislada en sus montañas.
Ante mí, campos amarillos hasta el horizonte y el silencio de los campos, la soledad de los campos. ¿Estoy contemplando los campos de Palencia o acaso a mi alma que se extiende solitaria y sombría hasta el horizonte? Amo las tierras de Castilla, sus horizontes inmensos e inalcanzables. Amo esa sobriedad, esa monotonía infinita. Tal vez porque me siento como esas tierras, solitario, vacío, silencioso y abandonado; y también porque de pronto, a veces, divisamos un árbol como perdido en medio de una soledad perenne y me recuerda también a mí, a aquellas veces en las que encuentro en mi soledad y en mi silencio alguna nota alegre rompiendo la monotonía.
Veo la carretera que dejo detrás de mí, exactamente igual que la que se extiende delante del coche, y sigo terco hacia mi destino, hacia mi casa, hacia mi vida de cada día. Y una pena sombría, que ha ido trepándome en silencio, se ha encaramado por fin en lo más alto y me deja una mirada sombría y una pequeña angustia permanentemente asida a mi cuello. Lo que había comenzado, tres días atrás, como un viaje esperanzador, se ha vuelto un pequeño dolor, una espina, que no consigo arrancar.
Quizá debería comenzarlo todo una semana atrás, cuando el viaje tomó forma y se confirmó como un oasis delicioso y breve, pero intenso, donde apaciguar mi sed. Quizá debería recordarme metiendo en la mochila, a la par que unas escasas pertenencias, un sinfín de ilusiones. O, sin irme tan lejos, revivir las primeras curvas de la carretera, las primeras notas de música, las primeras horas de mi viaje al norte.
De alguna manera, intrínsecamente, no era un viaje más. Era un regreso al pasado. Una vuelta a los primeros encuentros. Aquellos encuentros llenos de futuro, de incertidumbre, de preguntas flotando en el aire que no deseaba ni alcanzar con la yema de mis dedos. Poco a poco, el paisaje se fue definiendo, lentamente. Y el espacio. Las noches de confidencias, los días de espera. Fue como volver a tener compañía, fue dejar de caminar solo.
No obstante, por mi experiencia pasada, por mis desilusiones, debería haberlo previsto. ¡Torpe de mí! No alcancé a adivinar lo que tenía que pasar. Quizá porque no hubiera debido pasar, porque esta vez todo era diferente, tranquilo y calmo y me reconfortaba en la repetición y en los silencios; en las miradas simétricas y los pasos lentos.
Pero llegó una noche vacía, de ausencia. Y luego llegó otra y una más. Sin fuerzas ni esperanzas, dejé correr el agua bajo el puente y me preparé para otra travesía solitaria, una más, quizá la más larga y la más triste. Mía y absoluta.
Y entonces, apareció este viaje, dibujándose confuso e incierto. ¿Uno más? No, tal vez no. Quizá una vuelta al pasado. Quizá todos los silencios habían terminado. Así me lo planteé. Así cogí el coche y me fui, carretera arriba, con un saco de ilusiones.
La vida, entonces, vemos que no se planifica. La vida corre junto a nosotros e intentamos seguirla mientras podemos. La vida huye y juguetea y es insensible a nuestros ruegos. Las ilusiones a un lado y la vida que pasa veloz.
Poco a poco, el paisaje va cambiando, como sin querer, como pidiendo disculpas. A la derecha, muy lejos y a la vez extrañamente cercanas, las montañas que marcaron una frontera, orgullosas y tercas. A mi izquierda, llanos salpicados de árboles y pueblos recostados al sol, en una siesta casi perpetua.
Adivino las suaves montañas que vendrán luego y que se confunden a lo lejos con las nubes. Galicia. La anuncia el verde y la nube. Conozco el camino. Conozco el destino.
No hay comentarios:
Publicar un comentario