A menudo me dejo llevar y viajo. Veo los campos acariciados por la luz mortecina de la última hora de la tarde, con ese sol que de tibio es ya frío y huelo el viento que surca el espacio y me trae aromas y recuerdos, fundidos en una sola esencia.
A menudo me dejo llevar y viajo. Y entonces, encerrado en mis cuatro paredes, con ese libro y el coche amarillo, o el jinete, me marcho allá lejos, a unos campos que ya no puedo ver pero que invento y a un tiempo que intento redescubrir en los juegos de unas niñas de ojos negros que me miran a veces con asombro y otras muchas con un cariño que apenas siento que merezco.
A menudo me dejo llevar y viajo. Cabalgo de nueva sobre la BH verde que tantas alegrías me dio antaño. Y el camino polvoriento y marrón se extiende de nuevo bordeando la muralla y, detrás, los cipreses, severos como profesores adustos, silenciosos y observándome desde su altiva soledad. Tristes como lamentos callados. Solos, sin un aroma que les alegre en las tardes de agosto.
A menudo los viajes tienen un efecto devastador. Vas a una ciudad y paseas por sus calles como un turista más o, peor aún, como un ser sin sombra. No reconoces ningún lugar, ninguna cara y, algunas veces, no reconoces ni las palabras. Entonces intento hacer lo que he ido a hacer. Lleno mi tiempo ocupando espacios y guardándolos como si cogiera mariposas de colores. Me agoto subiendo escaleras, bajando por calles estrechas o por avenidas interminables en pos de pequeñas metas que no me dan medallas. Pero siempre, siempre, termino por sentarme en algún parque, tal vez al atardecer, y sé que está pronta la visita que tanto he temido y que nunca deja de estar y de ser en mí.
A menudo en los viajes me asalta la desolación del abandono. No es la tristeza, que se puede espantar con una sonrisa. No es el cansancio, que un buen colchón remedia. Es la sensación de haber sido desembarcado en medio de un océano infinito, en el vacío azul donde nadie puede oír tus lamentos. Es ahí cuando asistes impertérrito a tu precisa dimensión, cuando contemplas tu reflejo y te reconoces en toda tu desnudez.
De ambos viajes, prefiero siempre los primeros. Son como viejos amigos. Están a mi alcance y me dejan siempre una leve sonrisa en los labios, al punto que un punto de nostalgia que me reconforta de una manera íntima, como un sabor casi olvidado que recuperásemos de pronto.
Los segundos viajes los odio y, sin embargo, pienso que los necesito. En parte me alejan hacia otros universos que me distraen y me retan. En parte me resultan útiles, en especial cuando se han terminado. Y como los odio, tienen el efecto de demostrarme que aún estoy vivo.
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