Hoy he pasado por el puente, junto a la casa grande al borde de la ría. La han pintado y está más hermosa, como una mujer recién maquillada o vestida de gala. Supongo que la habrán comprado ya.
No me he parado. Solamente la he visto, asomándose detrás de los pinos, como la vimos aquella vez, la primera, cuando apenas se la veía, abandonada y triste, gris como el cielo en invierno. Fuiste tú, en realidad, la que se fijó y te quedaste fascinada al instante: la soledad en que se encontraba, la cercanía de esa agua adormecida, casi como de lago, y el cerco de árboles que la convertían en una extraña isla dentro del bosque.
Un día te animaste a visitarla y llegaste a casa contenta pues la casa estaba a la venta. Aún estando fuera de nuestras posibilidades, hacías planes para arreglarla y dejarla habitable y aseada como si fuera nueva. Los planes flotaban en el aire del salón imbuidos de una alegría contagiosa y se diría que se peleaban los unos con los otros para ver cual llamaba más nuestra atención. Yo intentaba mantenerme al margen, dejándolos jugar a su antojo como niños traviesos, pues temo implicarme en quimeras que después, al quedarse en su limbo, terminan por herirme de alguna u otra manera. Así que te escuchaba y te veía pelearte con los proyectos como un invitado de piedra y se me aparecía la casa, brevemente, toda engalanada, recibiéndonos como una tierra prometida.
Habría habitaciones de sobra, imaginabas, para poder dilapidar espacios y ambientes a nuestro antojo, sin más límites que nuestros deseos o nuestros caprichos: una sala de juegos para las hijas, otra para la música, una más para leer o para pensar, una para ver películas, ...
A partir de esa tarde, cada vez que pasábamos por el puente y divisábamos la casa, recobraban de nuevo el vuelo los planes y parecía que ya la casa nos pertenecía o, quizá, que nosotros le pertenecíamos un poco a ella. Luego, como suele suceder en estos casos, se fue perdiendo la alegría y la sorpresa de verla y nos acostumbramos en cierto modo a pasar por el puente y mirarla con el rabillo del ojo y los sueños que habíamos tenido apenas flotaban ahora ante nosotros un par de segundos, desapareciendo al instante con la llegada de la rutina y las prisas.
Pero, de alguna manera, mientras la casa seguía siendo una sombra gris meciéndose entre los árboles nos pertenecía aún en cierto modo.
Pero hoy estaba pintada de rojo y blanco, reluciente, y se reflejaba en el agua como una chiquilla presumida, orgullosa de su nueva apariencia. El sueño de tenerla se había esfumado ya hace unos años, cuando tu y yo seguimos caminos diferentes. Pero la casa era, aún, un extraño vínculo que me aferraba a otra época menos oscura y menos triste, como cuando uno contempla un álbum de fotos antiguo y se regocija con la visión de un pasado diáfano y alegre.
Dejé pues, con cierta tristeza en el alma, la casa atrás y sentí que ya no era la misma; se había quedado, la nuestra, en algún rincón lejano y lo que veía ahora no era nada mío. Ni yo la reconocía ni ella me hubiera reconocido.
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