viernes, 26 de agosto de 2011

XXIV

A veces las palabras se esconden y al igual que si de un juego se tratara hemos de ir tras ellas, algunas veces a húmedos rincones oscuros donde apenas hay aire. No siempre es así, no siempre.

Por lo general, ellas son las que me asaltan, sin horarios, como los recién nacidos. Y me entran las prisas para atraparlas a todas al vuelo, como si cazara mariposas con red.

Pero al igual que el cuerpo se cansa y reposa y es ajeno, mientras duerme, a todo cuanto sucede, creo que al alma algo parecido le acontece y en ocasiones se queda quieta, casi como si posara para una foto, y parece que nada de cuanto ocurre a su alrededor le afectase. En esos momentos, no demasiado frecuentes, siento como si me faltara algo, al igual que si nos vestimos elegantemente y tenemos la sensación de haber olvidado algo importante de nuestra indumentaria, pero lo inhabitual de la ocasión nos impide apreciar de qué se trata.

En esas situaciones solía inquietarme antaño. Casi llegaba al enojo con mi alma, incapaz como era de comprender esa caprichosa actitud y mucho menos de remediarla. Pero la experiencia (o los años dirán algunos) ha ido poniendo ciertas cosas en su sitio y aunque sigo padeciendo de impaciencia al menos he aprendido a que todo sigue su propio ritmo y que éste es así a pesar de nosotros mismos, lo cual no deja de estar bien y hasta es imprescindible que así sea.

Así pues, cuando mi alma escoge esa pose como de fotografía antigua y se aletarga, como si dijéramos, dejándome como medio cojo, adopto la única actitud que se puede adoptar en tales momentos: la indiferencia. Si toca un período de reposo, y ya que éste en su duración no dependerá para nada de mis deseos o necesidades, al menos intento aprovechar las ventajas que me aporta, que son una cierta tranquilidad de espíritu y mucho tiempo libre para pensar en tonterías.

No sé exactamente a qué viene todo esto. No parece muy pertinente cuanto estoy escribiendo. Si pienso en algo a propósito de lo que estoy haciendo, me viene a la cabeza un fontanero intentando taponar una vía de agua. Supongo que los domingos grises es lo que tienen: te empujan a ocupar tu tiempo de alguna manera que consideres decente.

Y en realidad lo que yo quería inicialmente era dejaros un poema y se me ha ido casi el santo al cielo. Ya no sé si debo o no debo. Pero ahí lo dejo, puesto que para ello venía y esa era mi intención primera y porque refleja, de alguna manera, lo que con tanto esfuerzo he dejado aquí escrito.


De todo y de nada escribo,
en hojas sueltas,
en suspiros.
Algunas veces encuentro tu belleza
y otras dolor
por no desvelar tu rostro
que se confunde con las nieblas.
Y se arrastran las palabras,
diminutas como monedas,
hasta que las pierdo,
todas,
en un ovillo de silencios
y en el devenir eterno de las horas.

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