sábado, 27 de agosto de 2011

XXVI

Llueve. Estoy en casa y llueve.

Ha comenzado la lluvia ligera, casi se diría vapor de agua y la brisa jugaba con las gotas diminutas como un prestidigitador invisible y relucían éstas como diminutas pompas de jabón irisadas. Algunas personas apuraban el paso y me divertía viéndolas subir o bajar la calle, algo más apresuradas que de costumbre, mirando al cielo con recelo y dejando atrás cualquier pensamiento para ocuparse en intentar adivinar si la lluvia arreciaría o no, duraría hasta la noche o no, mojaría las ropas tendidas a secar o no.

Y el agua ha crecido y se ha vuelto ruidosa y pesada. Rebotando contra los coches, creando incipientes charcos, corriendo por los tejados en pequeños ríos alegres. La gente ahora corre, escapa, se refugia y gruñe y los veo como pequeñas hormigas sin sendero, extraviadas, oscuras como el día. Casi triste es este instante en que la luz se debilita como una llama agitada por el viento. Caen las sombras como cae la lluvia y todo se va volviendo una ilusión, sin contornos, sin sombra, sin nada más que agua y rumor de agua.

La tarde se ha vuelto oscura como una noche temprana y el agua cae con furia ahora, barriendo las calles de gentes, de animales, de hojas. Las tejas brillan bajo la lluvia que las lame como un fuego transparente y las convierte en bronces relucientes. Bajan ríos revueltos por las aceras que se reúnen con otros y crecen como los vientres.

El agua, incolora, se ha vuelto de acero en oleadas sucesivas como cortinas agitadas por el viento y suena nerviosa al rebotar contra el suelo como puntas de acero caídas del cielo.

La oscuridad se cierne y crece y parece querer devorarlo todo: casas, árboles, calles y autos. Hasta el cielo ya no es más que agua. Y el mundo se ha encogido y parece diminuto, como si la sombra que desciende como un cuervo con las alas abiertas lo fuera engullendo sin remedio.

Desde mi ventana apenas veo ya nada. Solamente el sonido crece, al tiempo que la vista se vuelve innecesaria. Como un trueno constante se escucha el agua en su terquedad martilleante, como una voz ronca gritando en medio de la nada.

Es como si el pueblo, el mundo tal vez, se hubieran desvanecido, hubieran sido arrastrados por la lluvia hacia el mar y solo permaneciera yo, como un timonel anclado a su puesto, como testigo atónito de una terrible belleza.

Nada existe por un instante, que parece dilatarse como el paso del caracol, más que las tinieblas, el ruido y el agua.

Y miro a través de la ventana, aunque en realidad mis ojos se han vuelto y están volcados en otras simas, en realidades imaginadas unas y muertas otras. Los fantasmas desfilan en silencio y los saludo con respeto. La tarde se escabulle en remolinos densos y ahí me dejo llevar y sueño.

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