Era el tiempo de los paseos solitarios. El tiempo de la nada y los vacíos. Los campos se extendían como sábanas y la luz al mediodía era casi transparente.
Era el mes de abril y me sentía cansado y se diría que me encorvaba al caminar y creo que por eso es por lo que salía en las tardes a los caminos, para calentar mis huesos con ese sol que dejaba atrás su frialdad invernal y prometía días más anaranjados, como hojas de un libro anciano.
Buscaba una roca elevada, junto a algún polvoriento camino por la ausencia de lluvias, y allí me adormecían los pensamientos más diversos que saltaban de un tiempo a otro sin ninguna aparente lógica, como gorriones nerviosos en las ramas desnudas. Así dejaba correr los días y en realidad que la vida transcurría indolente y lacia y evocaba con frecuencia los caminos que en mi infancia recorría en una bicicleta verde que saltaba entre surcos y piedras con la alegría de un saltamontes. Pero los recuerdos no eran más que fotos borrosas y caprichosas, destellos de relámpagos que a veces, si duraban lo justo, casi llegaban a emocionarme, como cuando contemplas el álbum de la boda mientras te preguntas qué es lo que salió tan mal y desde cuando perdiste el compás de los sueños.
Buscaba también el silencio. Pero el silencio mío era el trinar de un pájaro lejano, el rumor del mar, como un susurro permanente, y las notas que el viento dejaba en las ramas y en las praderas. No me hacía falta nota alguna más.
Había instantes en los que, sentado al sol que declinaba y se tornaba más y más frío, llegaba a apreciar el sentido de lo eterno. No era yo entonces ni la tarde era la misma. Se diría que una cúpula de cristal se había posado sobre mí y sobre todo aquello que me rodeaba, tanto afuera como dentro de mí, y dentro de ella se hubiera detenido el tiempo y todo pudiera conservarse así indefinidamente. Sentía, entonces, una sorprendente ligereza y podía llegar a pensar que mi cuerpo se había convertido en aire y nada pesaba en mí y el dolor jamás podría volver a tocarme; ni el frío tenía ya cabida en ese momento. Solamente la luz menguante venía a despertarme de tales ensoñaciones y entonces la caída se tornaba extrañamente dolorosa, como si de pronto mil alfileres acuchillaran el tiempo.
- No me conoces. Aún no sabes quién soy.
Supongo que todo despertar arrastra sus pesadillas. Y su mirada era firme y sincera. Y ante la verdad yo estaba desnudo y desarmado.
- ¡Ámame! , le gritaba, y al instante comprendía que mis palabras se quedaban cortas y la sonrisa que brotaba de sus labios me hablaba de un reino de sombras en donde ella no tenía cabida.
Espantando fantasmas regresaba con las primeras estrellas, escrutando ante mí, no fuera a pisar un caracol.
miércoles, 26 de noviembre de 2008
XVIII
Las horas grises se repiten con monótona asiduidad. Vienen a su cita al igual que las olas regresan a la playa. Y aquí me encuentran siempre. Espero su acometida y las recibo de la mejor manera que soy capaz. A pesar de todo, desearía poder olvidarme de ellas.
Unas veces es algo tangible lo que las acerca a mi solitario refugio de recuerdos y de sombras y las cobija como un buen fuego en invierno. Otras muchas veces, sin embargo, no hay signo alguno que explique su llegada. Vienen de improviso y son estas visitas las más inoportunas y las más odiosas.
No debería extrañarme. No debería revelarme ya a esta costumbre. Las tareas repetidas, los paseos por los mismos parajes, las miradas al espejo, todo forma parte de esas rutinas que me conforman; manos de barro sobre arcilla. Soy tantas pequeñas cosas, tantas ausencias, tantos miedos, tantas fugas …
Sigo teniendo miedo de la noche, como cuando de niño me espantaban los cuartos a oscuras como bocas hambrientas. Pero la noche ya no es solamente un espacio sin luz. La noche, mis noches, son las horas de soledad absoluta, de abandono, de silencio inquebrantable. La noche soy yo.
Unas veces es algo tangible lo que las acerca a mi solitario refugio de recuerdos y de sombras y las cobija como un buen fuego en invierno. Otras muchas veces, sin embargo, no hay signo alguno que explique su llegada. Vienen de improviso y son estas visitas las más inoportunas y las más odiosas.
No debería extrañarme. No debería revelarme ya a esta costumbre. Las tareas repetidas, los paseos por los mismos parajes, las miradas al espejo, todo forma parte de esas rutinas que me conforman; manos de barro sobre arcilla. Soy tantas pequeñas cosas, tantas ausencias, tantos miedos, tantas fugas …
Sigo teniendo miedo de la noche, como cuando de niño me espantaban los cuartos a oscuras como bocas hambrientas. Pero la noche ya no es solamente un espacio sin luz. La noche, mis noches, son las horas de soledad absoluta, de abandono, de silencio inquebrantable. La noche soy yo.
XVII
Vivimos despidiéndonos. Es ley de vida.
Nos despedimos de las estaciones y los años. De la lluvia, del sol y de la oscuridad.
Yo, desde que lo recuerdo, me he estado despidiendo de personas, animales y cosas. Como si desmigajara un trozo de pan por el camino. Pero ese camino sé que no tiene vuelta atrás. Aunque la despedida nos parezca pasajera... he comprendido que cualquier despedida es siempre definitiva, de una manera o de otra.
A veces parece que solo conocemos a alguien para tener de quién despedirnos luego. Y a veces me parece que la verdadera soledad es no tener de quién despedirme y entonces es cuando me asusto de mi propio reflejo e intento recordar a quién podría considerar lo suficientemente mío como para poder padecer su despedida.
"Considerar lo suficientemente mío..." Puede que esas palabras me identifiquen mejor que muchas fotos de las que prefiero casi olvidarme. Pues soy un acaparador, un ladrón de almas, de cariños.
(Escucho "April, come she will", que me llega de repente como un regalo maravilloso. Es la canción de la despedida, aunque ya no me quedan lágrimas con que acompañarla).
Bebo de los otros todo aquello que nunca aprendí. Observo sus gestos, sus abrazos y hasta les robaba sus besos para aprender a besar. Y así es como sé que he vivido de prestado para hacer la única cosa que he aprendido sin necesidad de consejos: a despedirme de la gente, de las cosas y de los animales.
Laureano, Boliche, el caballo gris, Teresa, el sillón verde, una cuerda, la bici, Ulises, el abuelo, la infancia, la nobleza, Canucha, ...
Aquí y ahora estoy enfrentándome a una nueva despedida, reciente, imprevista y dolorosa, como corresponde a cualquier despedida digna.
Cerca de donde vivo hay una duna gigante, como un edificio de varios pisos y bastante extensa. Ahora es un espacio protegido y no se puede subir a ella, pero hace años no era así y el loco de Ulises trepaba y descendía por sus pendientes arenas con una locura contagiosa. Será inevitable visitarla.
Porque es un lugar maravilloso... y porque será otra miga de pan a mis espaldas.
Nos despedimos de las estaciones y los años. De la lluvia, del sol y de la oscuridad.
Yo, desde que lo recuerdo, me he estado despidiendo de personas, animales y cosas. Como si desmigajara un trozo de pan por el camino. Pero ese camino sé que no tiene vuelta atrás. Aunque la despedida nos parezca pasajera... he comprendido que cualquier despedida es siempre definitiva, de una manera o de otra.
A veces parece que solo conocemos a alguien para tener de quién despedirnos luego. Y a veces me parece que la verdadera soledad es no tener de quién despedirme y entonces es cuando me asusto de mi propio reflejo e intento recordar a quién podría considerar lo suficientemente mío como para poder padecer su despedida.
"Considerar lo suficientemente mío..." Puede que esas palabras me identifiquen mejor que muchas fotos de las que prefiero casi olvidarme. Pues soy un acaparador, un ladrón de almas, de cariños.
(Escucho "April, come she will", que me llega de repente como un regalo maravilloso. Es la canción de la despedida, aunque ya no me quedan lágrimas con que acompañarla).
Bebo de los otros todo aquello que nunca aprendí. Observo sus gestos, sus abrazos y hasta les robaba sus besos para aprender a besar. Y así es como sé que he vivido de prestado para hacer la única cosa que he aprendido sin necesidad de consejos: a despedirme de la gente, de las cosas y de los animales.
Laureano, Boliche, el caballo gris, Teresa, el sillón verde, una cuerda, la bici, Ulises, el abuelo, la infancia, la nobleza, Canucha, ...
Aquí y ahora estoy enfrentándome a una nueva despedida, reciente, imprevista y dolorosa, como corresponde a cualquier despedida digna.
Cerca de donde vivo hay una duna gigante, como un edificio de varios pisos y bastante extensa. Ahora es un espacio protegido y no se puede subir a ella, pero hace años no era así y el loco de Ulises trepaba y descendía por sus pendientes arenas con una locura contagiosa. Será inevitable visitarla.
Porque es un lugar maravilloso... y porque será otra miga de pan a mis espaldas.
XVI
Miraba desde la ventana las calles húmedas y solitarias. La lluvia había cesado, dejando el aire impregnado de una fragancia a otoño y añoranzas.
La cama, a su espalda, en perfecto desorden, le recordaba su insomnio.
Recorría con la mirada las gotas que tapizando los cristales daban a todas las cosas un aspecto onírico y deforme. Y recorría mentalmente los latidos de su corazón.
Sobre la mesa descansaba "Campos de Castilla", abierto como una hermosa mujer ofreciéndole el paraíso. Pero ya no podía entregarle más vigilias.
Hacía más de un mes que deambulaba por la casa solitaria, solitario y taciturno. Por el día cerraba ventanas y persianas, respirando el humo de tabaco que flotaba en las habitaciones como una leve neblina sobre un río. Por las noches abría su alma a las estrellas, latiendo con ellas en busca del más allá.
No se sentía desgraciado, ni maldito. Estaba vacío y, por tanto, ligero e irreal. Todo pasaba a través sin dejar huella. Como una sombra, como una brisa cálida, ligero y sin sustancia, veía pasar la vida entre sus manos como un hermoso espejismo.
La cama, a su espalda, en perfecto desorden, le recordaba su insomnio.
Recorría con la mirada las gotas que tapizando los cristales daban a todas las cosas un aspecto onírico y deforme. Y recorría mentalmente los latidos de su corazón.
Sobre la mesa descansaba "Campos de Castilla", abierto como una hermosa mujer ofreciéndole el paraíso. Pero ya no podía entregarle más vigilias.
Hacía más de un mes que deambulaba por la casa solitaria, solitario y taciturno. Por el día cerraba ventanas y persianas, respirando el humo de tabaco que flotaba en las habitaciones como una leve neblina sobre un río. Por las noches abría su alma a las estrellas, latiendo con ellas en busca del más allá.
No se sentía desgraciado, ni maldito. Estaba vacío y, por tanto, ligero e irreal. Todo pasaba a través sin dejar huella. Como una sombra, como una brisa cálida, ligero y sin sustancia, veía pasar la vida entre sus manos como un hermoso espejismo.
XV
Extiendo los brazos mientras siento el viento golpeándome el rostro. Hace frío, como si el invierno, agazapado aún en el atardecer, viniera a refugiarse en mis cabellos.
Cae la noche y todo se difumina y se confunde el mar con la nube y la playa y los bosques.
Recuerdo a una mujer nadando solitaria en una playa diminuta que nos recibió como a extraños. Recuerdo tu sonrisa dibujada en el aire, corriendo como un relámpago detrás de tus pisadas.
Si pienso en todo aquello que me quedó por contarte… Por falta de tiempo, naturalmente. Hago un paquete con ello, pero no sé dónde podría guardarlo.
En mi mente ordeno cuánto aún soy capaz de recordar, al menos lo intento, mientras echo tierra a manos llenas sobre la cama, las flores y tu mirada que brotaba tras la puerta un día cualquiera.
Curiosa manera de perdonarte.
Me siguen las horas perezosas y confieso que a veces logro evitarlas. Y no me siento feliz por ello, pero me ayuda a seguir. Porque sigo, cada mañana. Y miro el reloj que continua latiendo, es lo único que hace ruido aún.
"Feel Like Going Home".
Puedo cerrar los ojos y estoy en medio de un verano sin tiempo. Y ya no existe el maldito andén, ni la distancia existe, nadie llora porque es verano ahora y siempre y nada más que la brisa y la sal son reales.
Cierro los brazos y atrapo las sombras. Es la noche y estoy en ella como si fuera mi navío. Estoy volando.
Cae la noche y todo se difumina y se confunde el mar con la nube y la playa y los bosques.
Recuerdo a una mujer nadando solitaria en una playa diminuta que nos recibió como a extraños. Recuerdo tu sonrisa dibujada en el aire, corriendo como un relámpago detrás de tus pisadas.
Si pienso en todo aquello que me quedó por contarte… Por falta de tiempo, naturalmente. Hago un paquete con ello, pero no sé dónde podría guardarlo.
En mi mente ordeno cuánto aún soy capaz de recordar, al menos lo intento, mientras echo tierra a manos llenas sobre la cama, las flores y tu mirada que brotaba tras la puerta un día cualquiera.
Curiosa manera de perdonarte.
Me siguen las horas perezosas y confieso que a veces logro evitarlas. Y no me siento feliz por ello, pero me ayuda a seguir. Porque sigo, cada mañana. Y miro el reloj que continua latiendo, es lo único que hace ruido aún.
"Feel Like Going Home".
Puedo cerrar los ojos y estoy en medio de un verano sin tiempo. Y ya no existe el maldito andén, ni la distancia existe, nadie llora porque es verano ahora y siempre y nada más que la brisa y la sal son reales.
Cierro los brazos y atrapo las sombras. Es la noche y estoy en ella como si fuera mi navío. Estoy volando.
XIV
¿Hace cuánto que no la tengo entre mis brazos?, han pasado demasiadas estaciones, tantas… que no me atrevo a contarlas ya y, sin embargo, hay momentos en que parece que era ayer, aún, cuando las horas caían en silencio a los pies de la cama, ignoradas, al lado de nuestras ropas que, en desorden, cantaban mudas las pasiones de nuestras manos.
¡Cómo veía correr las sombras sobre nuestras cabezas, entre las flores! La tarde se dibujaba en las paredes, cálida y alegre en las primeras horas, pareja a nuestra pasión recién encendida, cuando los besos eran como brasas y mi pecho albergaba todas las llamas de una hoguera más inmensa que el crepúsculo. Luego, conforme el sol declinaba, la tarde era dulce reposo, con esa luz tenue que parecía redondear tu cuerpo, desdibujar las líneas de tu rostro, invitándome a recorrerte, ya no con la mirada, sino con mis manos, como explorador deslumbrado por la vastedad de un paisaje majestuoso e inabarcable. Cuando, al fin, todo en el cuarto era penumbra, la tarde moribunda nos arropaba de silencios, de ecos sombríos, al igual que nuestras palabras, convertidas ya en leves susurros, en caricias suaves, desgranando la pasión como pequeñas cuentas de un rosario secreto: amada, amor, mariposa frágil, oasis y éxtasis, dulce testigo de mi torpeza, compañera callada, caricia, mirada verde de musgo y palabra alegre de agua.
¿Adónde se han ido ahora nuestras plegarias? Siento que me he extraviado. He vuelto a la vida, a esa rutina constante a la que me aferro para imaginarme útil y vivo. Me invento tareas, me fijo citas en los calendarios. Parece que camino de nuevo. Pero no me preguntes adonde me dirijo. Me he inventado un hermoso relato que quiere ser la verdad y como tal lo acato. Un relato que me habla de un encantamiento, que me cuenta que mi alma sólo necesitaba un soplo cálido para elevarse y gozar del vértigo de las montañas nevadas, que insiste terco en que nada era real, sino un espejismo de mi mente sedienta. Tú, siempre tú, desde siempre. Fui dibujando tu rostro, adornando tu cuerpo, dando brillo a tu mirada, vistiéndote de ternura, de palabras suaves como el brillo de la llama de una vela. Así lo desee. Y así te amé entonces.
Escapé, ebrio y loco, de todo y de todos. Escapé de mí y te llevé presa y sujeta a mis desvaríos. Quería saciarme en un segundo. Y así te amé. Como si el fin de los días llegara cada tarde, al caer rendido, exhausto, tras dejarme en ti cada gota de sudor y cada beso, como si mis labios ardieran con el fuego del infierno.
Y, al final, después de aquellos furiosos encuentros, y tan fugaces que se me pierden, sólo nuestras caricias perviven. Solamente entiendo como reales los juegos de nuestras manos, la dulce quemazón de nuestros besos, la brisa cálida brotando de nuestros labios y que era, ahora lo siento así, el único alimento que nuestras almas necesitaban.
Pero ya está todo en orden, de nuevo. Mi casa, en silencio, de nuevo. La cama…inmensa y fría. Todo es calma, tranquilidad. Estoy aquí, dueño de mi vida. Soy yo, de nuevo yo. Pasan los días, las horas serenas imitándose a ellas mismas. Me acuesto y miro a mi lado, a mi derecha, y me duermo.
¡Cómo veía correr las sombras sobre nuestras cabezas, entre las flores! La tarde se dibujaba en las paredes, cálida y alegre en las primeras horas, pareja a nuestra pasión recién encendida, cuando los besos eran como brasas y mi pecho albergaba todas las llamas de una hoguera más inmensa que el crepúsculo. Luego, conforme el sol declinaba, la tarde era dulce reposo, con esa luz tenue que parecía redondear tu cuerpo, desdibujar las líneas de tu rostro, invitándome a recorrerte, ya no con la mirada, sino con mis manos, como explorador deslumbrado por la vastedad de un paisaje majestuoso e inabarcable. Cuando, al fin, todo en el cuarto era penumbra, la tarde moribunda nos arropaba de silencios, de ecos sombríos, al igual que nuestras palabras, convertidas ya en leves susurros, en caricias suaves, desgranando la pasión como pequeñas cuentas de un rosario secreto: amada, amor, mariposa frágil, oasis y éxtasis, dulce testigo de mi torpeza, compañera callada, caricia, mirada verde de musgo y palabra alegre de agua.
¿Adónde se han ido ahora nuestras plegarias? Siento que me he extraviado. He vuelto a la vida, a esa rutina constante a la que me aferro para imaginarme útil y vivo. Me invento tareas, me fijo citas en los calendarios. Parece que camino de nuevo. Pero no me preguntes adonde me dirijo. Me he inventado un hermoso relato que quiere ser la verdad y como tal lo acato. Un relato que me habla de un encantamiento, que me cuenta que mi alma sólo necesitaba un soplo cálido para elevarse y gozar del vértigo de las montañas nevadas, que insiste terco en que nada era real, sino un espejismo de mi mente sedienta. Tú, siempre tú, desde siempre. Fui dibujando tu rostro, adornando tu cuerpo, dando brillo a tu mirada, vistiéndote de ternura, de palabras suaves como el brillo de la llama de una vela. Así lo desee. Y así te amé entonces.
Escapé, ebrio y loco, de todo y de todos. Escapé de mí y te llevé presa y sujeta a mis desvaríos. Quería saciarme en un segundo. Y así te amé. Como si el fin de los días llegara cada tarde, al caer rendido, exhausto, tras dejarme en ti cada gota de sudor y cada beso, como si mis labios ardieran con el fuego del infierno.
Y, al final, después de aquellos furiosos encuentros, y tan fugaces que se me pierden, sólo nuestras caricias perviven. Solamente entiendo como reales los juegos de nuestras manos, la dulce quemazón de nuestros besos, la brisa cálida brotando de nuestros labios y que era, ahora lo siento así, el único alimento que nuestras almas necesitaban.
Pero ya está todo en orden, de nuevo. Mi casa, en silencio, de nuevo. La cama…inmensa y fría. Todo es calma, tranquilidad. Estoy aquí, dueño de mi vida. Soy yo, de nuevo yo. Pasan los días, las horas serenas imitándose a ellas mismas. Me acuesto y miro a mi lado, a mi derecha, y me duermo.
XIII
Tengo el don de la palabra escrita. No se si es un don grande o pequeño, pero puedo recrear escenas, situaciones y pensamientos con las palabras. Puedo dejar escrito sobre un papel un sentimiento, un recuerdo.
“Sobre la silla, descansa un pantalón y una camiseta blanca. Todo está en orden. El orden de las cosas le ayuda a sentirse bien. Le da a su vida una cierta perspectiva de futuro.”
Puede que no tenga importancia, pero es mi mente la que crea esta frase que otros la verán convertida en una imagen, diferente para cada persona. Y he sido yo el que ha encendido la mecha. También puedo hablar de personas.
“Al mirar hacia atrás la vi venir con un pesado abrigo verde y una bandolera que se movía como si estuviera habitada por un gato travieso. Avanzaba de prisa y alegre como corren los días en verano.”
Y al citarla, ella puede sentirse feliz y decirle a sus amigas que ese cuento habla de ella, que en cierta medida ella ha logrado inspirar al escritor.
No tengo facilidad para dibujar. Siempre me ha maravillado ver como algunas personas sacan de la nada paisajes y rostros y les dan vida con el solo movimiento de sus dedos. Yo lo hago, pero con palabras.
Me sirvo de ellas para decorar mi mundo. Mi mundo es pequeño y se ha reducido aún más con el paso de los años. No es que no necesite de amigos o de la familia. Pero algo me lleva lentamente al silencio. A veces en medio de la gente, en una reunión o una celebración, me siento de pronto muy cansado y deseo volver a mi casa para poder sentirme de nuevo en paz. Por eso escribo. Porque necesito decorar las habitaciones y hacer de la realidad un espacio a mi medida.
“El silencio es como una mano invisible que se me posa sobre el hombro y juntos miramos el horizonte infinito como si ese atardecer fuera a perdurar para siempre.”
No se si es un don grande o pequeño. Pero es mío y es de todo aquel que se siente a leer y pueda penetrar en un mundo de color malva, cálido y silencioso donde la belleza es lo único que cuenta.
“Sobre la silla, descansa un pantalón y una camiseta blanca. Todo está en orden. El orden de las cosas le ayuda a sentirse bien. Le da a su vida una cierta perspectiva de futuro.”
Puede que no tenga importancia, pero es mi mente la que crea esta frase que otros la verán convertida en una imagen, diferente para cada persona. Y he sido yo el que ha encendido la mecha. También puedo hablar de personas.
“Al mirar hacia atrás la vi venir con un pesado abrigo verde y una bandolera que se movía como si estuviera habitada por un gato travieso. Avanzaba de prisa y alegre como corren los días en verano.”
Y al citarla, ella puede sentirse feliz y decirle a sus amigas que ese cuento habla de ella, que en cierta medida ella ha logrado inspirar al escritor.
No tengo facilidad para dibujar. Siempre me ha maravillado ver como algunas personas sacan de la nada paisajes y rostros y les dan vida con el solo movimiento de sus dedos. Yo lo hago, pero con palabras.
Me sirvo de ellas para decorar mi mundo. Mi mundo es pequeño y se ha reducido aún más con el paso de los años. No es que no necesite de amigos o de la familia. Pero algo me lleva lentamente al silencio. A veces en medio de la gente, en una reunión o una celebración, me siento de pronto muy cansado y deseo volver a mi casa para poder sentirme de nuevo en paz. Por eso escribo. Porque necesito decorar las habitaciones y hacer de la realidad un espacio a mi medida.
“El silencio es como una mano invisible que se me posa sobre el hombro y juntos miramos el horizonte infinito como si ese atardecer fuera a perdurar para siempre.”
No se si es un don grande o pequeño. Pero es mío y es de todo aquel que se siente a leer y pueda penetrar en un mundo de color malva, cálido y silencioso donde la belleza es lo único que cuenta.
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