miércoles, 26 de noviembre de 2008

XIV

¿Hace cuánto que no la tengo entre mis brazos?, han pasado demasiadas estaciones, tantas… que no me atrevo a contarlas ya y, sin embargo, hay momentos en que parece que era ayer, aún, cuando las horas caían en silencio a los pies de la cama, ignoradas, al lado de nuestras ropas que, en desorden, cantaban mudas las pasiones de nuestras manos.

¡Cómo veía correr las sombras sobre nuestras cabezas, entre las flores! La tarde se dibujaba en las paredes, cálida y alegre en las primeras horas, pareja a nuestra pasión recién encendida, cuando los besos eran como brasas y mi pecho albergaba todas las llamas de una hoguera más inmensa que el crepúsculo. Luego, conforme el sol declinaba, la tarde era dulce reposo, con esa luz tenue que parecía redondear tu cuerpo, desdibujar las líneas de tu rostro, invitándome a recorrerte, ya no con la mirada, sino con mis manos, como explorador deslumbrado por la vastedad de un paisaje majestuoso e inabarcable. Cuando, al fin, todo en el cuarto era penumbra, la tarde moribunda nos arropaba de silencios, de ecos sombríos, al igual que nuestras palabras, convertidas ya en leves susurros, en caricias suaves, desgranando la pasión como pequeñas cuentas de un rosario secreto: amada, amor, mariposa frágil, oasis y éxtasis, dulce testigo de mi torpeza, compañera callada, caricia, mirada verde de musgo y palabra alegre de agua.

¿Adónde se han ido ahora nuestras plegarias? Siento que me he extraviado. He vuelto a la vida, a esa rutina constante a la que me aferro para imaginarme útil y vivo. Me invento tareas, me fijo citas en los calendarios. Parece que camino de nuevo. Pero no me preguntes adonde me dirijo. Me he inventado un hermoso relato que quiere ser la verdad y como tal lo acato. Un relato que me habla de un encantamiento, que me cuenta que mi alma sólo necesitaba un soplo cálido para elevarse y gozar del vértigo de las montañas nevadas, que insiste terco en que nada era real, sino un espejismo de mi mente sedienta. Tú, siempre tú, desde siempre. Fui dibujando tu rostro, adornando tu cuerpo, dando brillo a tu mirada, vistiéndote de ternura, de palabras suaves como el brillo de la llama de una vela. Así lo desee. Y así te amé entonces.

Escapé, ebrio y loco, de todo y de todos. Escapé de mí y te llevé presa y sujeta a mis desvaríos. Quería saciarme en un segundo. Y así te amé. Como si el fin de los días llegara cada tarde, al caer rendido, exhausto, tras dejarme en ti cada gota de sudor y cada beso, como si mis labios ardieran con el fuego del infierno.

Y, al final, después de aquellos furiosos encuentros, y tan fugaces que se me pierden, sólo nuestras caricias perviven. Solamente entiendo como reales los juegos de nuestras manos, la dulce quemazón de nuestros besos, la brisa cálida brotando de nuestros labios y que era, ahora lo siento así, el único alimento que nuestras almas necesitaban.

Pero ya está todo en orden, de nuevo. Mi casa, en silencio, de nuevo. La cama…inmensa y fría. Todo es calma, tranquilidad. Estoy aquí, dueño de mi vida. Soy yo, de nuevo yo. Pasan los días, las horas serenas imitándose a ellas mismas. Me acuesto y miro a mi lado, a mi derecha, y me duermo.

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