Miraba desde la ventana las calles húmedas y solitarias. La lluvia había cesado, dejando el aire impregnado de una fragancia a otoño y añoranzas.
La cama, a su espalda, en perfecto desorden, le recordaba su insomnio.
Recorría con la mirada las gotas que tapizando los cristales daban a todas las cosas un aspecto onírico y deforme. Y recorría mentalmente los latidos de su corazón.
Sobre la mesa descansaba "Campos de Castilla", abierto como una hermosa mujer ofreciéndole el paraíso. Pero ya no podía entregarle más vigilias.
Hacía más de un mes que deambulaba por la casa solitaria, solitario y taciturno. Por el día cerraba ventanas y persianas, respirando el humo de tabaco que flotaba en las habitaciones como una leve neblina sobre un río. Por las noches abría su alma a las estrellas, latiendo con ellas en busca del más allá.
No se sentía desgraciado, ni maldito. Estaba vacío y, por tanto, ligero e irreal. Todo pasaba a través sin dejar huella. Como una sombra, como una brisa cálida, ligero y sin sustancia, veía pasar la vida entre sus manos como un hermoso espejismo.
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