miércoles, 26 de noviembre de 2008

XVIII

Las horas grises se repiten con monótona asiduidad. Vienen a su cita al igual que las olas regresan a la playa. Y aquí me encuentran siempre. Espero su acometida y las recibo de la mejor manera que soy capaz. A pesar de todo, desearía poder olvidarme de ellas.

Unas veces es algo tangible lo que las acerca a mi solitario refugio de recuerdos y de sombras y las cobija como un buen fuego en invierno. Otras muchas veces, sin embargo, no hay signo alguno que explique su llegada. Vienen de improviso y son estas visitas las más inoportunas y las más odiosas.

No debería extrañarme. No debería revelarme ya a esta costumbre. Las tareas repetidas, los paseos por los mismos parajes, las miradas al espejo, todo forma parte de esas rutinas que me conforman; manos de barro sobre arcilla. Soy tantas pequeñas cosas, tantas ausencias, tantos miedos, tantas fugas …

Sigo teniendo miedo de la noche, como cuando de niño me espantaban los cuartos a oscuras como bocas hambrientas. Pero la noche ya no es solamente un espacio sin luz. La noche, mis noches, son las horas de soledad absoluta, de abandono, de silencio inquebrantable. La noche soy yo.

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