Tengo el don de la palabra escrita. No se si es un don grande o pequeño, pero puedo recrear escenas, situaciones y pensamientos con las palabras. Puedo dejar escrito sobre un papel un sentimiento, un recuerdo.
“Sobre la silla, descansa un pantalón y una camiseta blanca. Todo está en orden. El orden de las cosas le ayuda a sentirse bien. Le da a su vida una cierta perspectiva de futuro.”
Puede que no tenga importancia, pero es mi mente la que crea esta frase que otros la verán convertida en una imagen, diferente para cada persona. Y he sido yo el que ha encendido la mecha. También puedo hablar de personas.
“Al mirar hacia atrás la vi venir con un pesado abrigo verde y una bandolera que se movía como si estuviera habitada por un gato travieso. Avanzaba de prisa y alegre como corren los días en verano.”
Y al citarla, ella puede sentirse feliz y decirle a sus amigas que ese cuento habla de ella, que en cierta medida ella ha logrado inspirar al escritor.
No tengo facilidad para dibujar. Siempre me ha maravillado ver como algunas personas sacan de la nada paisajes y rostros y les dan vida con el solo movimiento de sus dedos. Yo lo hago, pero con palabras.
Me sirvo de ellas para decorar mi mundo. Mi mundo es pequeño y se ha reducido aún más con el paso de los años. No es que no necesite de amigos o de la familia. Pero algo me lleva lentamente al silencio. A veces en medio de la gente, en una reunión o una celebración, me siento de pronto muy cansado y deseo volver a mi casa para poder sentirme de nuevo en paz. Por eso escribo. Porque necesito decorar las habitaciones y hacer de la realidad un espacio a mi medida.
“El silencio es como una mano invisible que se me posa sobre el hombro y juntos miramos el horizonte infinito como si ese atardecer fuera a perdurar para siempre.”
No se si es un don grande o pequeño. Pero es mío y es de todo aquel que se siente a leer y pueda penetrar en un mundo de color malva, cálido y silencioso donde la belleza es lo único que cuenta.
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