jueves, 19 de enero de 2017

XXXVII

Desde hace muchos años, tal vez desde siempre, sin ser del todo consciente, he buscado un lugar especial, que sintiera como mío; que al verlo, por vez primera, sintiera que yo le pertenecía, de alguna curiosa e íntima manera. Un lugar en el que asentar mi silla, mi copa y mi vida entera.

Creí encontrarlo hace años, en una carretera secundaria, camino a una playa olvidada. Al borde de una curva, un poco escondido, de manera que no debías ir muy rápido, o te lo perdías, había un pequeño bar de carretera con una bonita mesa de madera fuera, al aire libre, cubierta de una parra. Dos bancos de madera bordeaban los brazos más largos de la mesa. Al fresco de la sombra, al caer la tarde, cuando el calor del día comenzaba a ser un hermoso recuerdo, fugaz y melancólico, tomaría una cerveza mirando las alargadas sombras que el sol poniente dejaría en la carretera, de árboles, ramas y flores. Ese lugar se ha perdido, como tantas cosas de mi juventud, cuando era más libre, más torpe y mucho más infeliz.

Desde entonces, sigo en busca de ese lugar, perfecto y secreto, donde pudiera acudir en busca de su compañía y su consuelo, al abrigo del aire frío del invierno que desde hace muchos años hiela mis huesos. Allí no habría estaciones, ni lluvias, ni soledades. Solo una cabaña. Sería como regresar a tu casa de la infancia, tras un viaje de muchos años, y sentarte al borde de tu cama, con tus viejos libros mudos y polvorientos, y algunas fotos, y los juguetes, durmiendo bajo el colchón, y ese aroma tan cercano, perdido hace siglos, pero que aún llevas tan adentro como tus mismos deseos.

Tendría que ser un lugar con árboles altos y flores, cercado por cantos de pájaros y bañado de un sol cálido pero discreto, como esa caricia que rompe las sombras y te deja las manos regadas de sueños. Un lugar al borde de un camino abandonado, donde solo tus pisadas pudieran seguirte de nuevo. Y debería oler a madera fresca, para recordarme al olmo, y a sal, para traerme el recuerdo del océano de nuevo, en lejanas oleadas de imágenes de un pueblo abrazado al mar, en una hermosa ría del norte.

Me sentaría allí, cada día, a contemplar cómo se muere la tarde, en silencio, con la quietud de un reloj de arena, con la paz de un templo. Cálido el abrazo del sol en la piel, la mirada perdida, la mente lúcida y los recuerdos cayendo sobre mis mejillas, de uno en uno, para no perderme ningún secreto, ningún temblor, ningún lamento.

domingo, 23 de octubre de 2016

XXXVI

Hay un hombre asomado a una ventana. Mira pasar los coches que desfilan junto a su casa. Fuma un cigarrillo y expulsa el humo con desgana. Cruzo delante de su ventana y me observa, despacio, con cierta curiosidad. Giro y me alejo y por el retrovisor lo espío. Se ha vuelto hacia la carretera que baja serpenteando de la montaña, en busca de un nuevo viajero. Me ha olvidado ya. Ese hombre vive pequeñas historias de un segundo apenas y luego las olvida. ¡Si me fuera posible esa levedad! ¡Si el dolor de los recuerdos fuera de tan solo un segundo!

Y sin embargo... ¡no quiero olvidar! ¿Quién sería entonces? Soy aquello que recuerdo. Me han construido millones de pequeños momentos únicos que he ido atesorando, casi con usura, porque los necesito junto a mí. Son mi esencia y, aún más, son mi única compañía ahora. Algunos me acompañan siempre, como una sombra constante; otros aparecen de pronto, como cuando abres un cajón olvidado y te asalta la sorpresa, como una nota de música inconfundible y dulce, como un aroma imperecedero. Todos me pertenecen o, quizá, yo a ellos.

Me decías en primavera que pasara página, que olvidara, que buscara la felicidad más allá de tu mirada. Sabes que no puedo. No sería entonces quien soy y, por consiguiente, nada de lo que vivimos juntos hubiera existido realmente. Déjame seguir con mis caprichos, deja que riegue las plantas y vuelva todas las noches la mirada hacia el norte. Que el tiempo siga labrando su obra en silencio.

Al caer la noche, el hombre cerrará la ventana. No ha sucedido nada especial en esa tarde. Tan solo el habitual desfile de coches, sin nombre, sin rostro, como pequeñas gotas de agua en una tarde de otoño, todas iguales. Ha terminado el día. Otro día. Mañana volverá a amanecer. Todo será lo mismo mañana... y, sin embargo, nada será ya igual.

domingo, 18 de septiembre de 2016

XXXV

Habían pasado los años sin ni siquiera contarlos. Iguales a sí mismos, rápidos y silenciosos. Casi hasta había llegado a olvidarme del camino, los árboles altos y tristes, las rocas gigantescas... y el gato.

Pero no, nunca los he olvidado. Y a aquel precioso gato, libre y curioso, menos que a nada. Su aire noble, su pelo hermoso y suave, su mirada medio perdida, como si estuviera soñando. Permanecí a su lado un breve instante, un minúsculo trozo de mi vida... y, sin embargo, la melancolía que me embargaba entonces, como un abrigo pesado que no puedes quitar, lo convirtió en alguien entrañable, querido y en parte mío, casi. Me apenó tener que despedirme de él. Hubiera deseado llevarlo conmigo, si él así lo hubiera querido. Pero no me pertenecía. Ni a mí ni quizá a nadie. Era solo de esa tarde, un viajero fugaz, sin destino, sin una segunda vez. De pertenecer a algo, lo sería a mis recuerdos. Me llevé, eso sí, una foto suya que aún conservo y que miro con pena y una punzada de dolor profundo y seco. Ya no existe salvo ahí, en una foto fría que me recuerda terca que lo he perdido para siempre.

Habían pasado los años... hasta ayer. Su recuerdo, el haberla perdido de nuevo, la soledad recuperada con espantosa claridad, el vacío, las noches tenebrosas, el silencio infinito... todo se conjuró y brotó de pronto un grito familiar de entre las sombras. Un grito que me recordaba un tiempo y un lugar que había abandonado, ingrato y torpe, a un sombrío rincón de telas de araña y polvo. Desván de mi memoria. Silencio y oscuridad.

Y he regresado. Como un ladrón. Con miedo a ser descubierto, con miedo a aparecer de pronto como un intruso. Deseando recorrer el camino en silencio, sin ser visto, sin llamar la atención. Como quién entra en un templo vacío, en medio de la penumbra que huye de unas cuantas velas, amontonadas en un rincón, como un racimo de luz fría. He vuelto reconociendo el polvo del camino, el canto de los pájaros en las zarzas, el rumor del viento contra la tarde. Y las rocas, magníficas, mudas y enormes. Ellas sí que son constantes, tercas. No estaba el gato, naturalmente. Pero yo lo vi, en su roca, al sol, en una tarde que no ha muerto, que jamás morirá. Debería haberlo saludado de nuevo, pero seguí la ladera que baja al riachuelo, y de ahí al molino, nervioso, inquieto, con una sombra detrás, empujándome, como si ese pequeño universo callado y olvidado del mundo no me quisiera ya allí. Una prisa extraña empujaba mis pasos de vuelta al pueblo, a una rutina estúpida que me mantiene, como con hilos invisibles, y me crea la ilusión de utilidad, deber y necesidad. Era un extraño, de pronto, en aquel espacio que fuera mi refugio y el calor de mis huesos.

Pasó una pastora con sus animales y un perro, camino arriba. Parecían huir de todo, en silencio, de vuelta a su hogar. Los seguí, casi corriendo, para no perderlos, hasta que su camino giró a la derecha y el mío... se perdió en miles de recuerdos que ya casi ni me pertenecen.

viernes, 15 de julio de 2016

XXXIV

A veces entras en un estado indefinido y extraño. No es tristeza, tampoco lo llamaría depresión. Es diferente. Íntimo. Peculiar. Al menos, creo que no es algo que se pueda identificar con un par de adjetivos al uso. Yo lo reconozco enseguida, pues es un visitante que siempre vuelve, con terca regularidad. Algunas veces se queda un tiempo a mi lado, como si necesitara descansar de un viaje más largo. Sin pedir permiso. Otras veces, apenas llega cuando lo ves ya de nuevo con el equipaje preparado para partir a sus mundos remotos. No sé por cuánto tiempo ha venido esta vez. No me atrevo tampoco a preguntarle. Pero reconozco que no estoy con ánimos para convertirme en un buen anfitrión. Lo he recibido pues con frialdad, a pesar de que curiosamente le tengo algo de cariño; será por conocernos desde hace mucho tiempo, tanto que ya no podría recordar su primera visita… o quizá sí y entonces aún no le había puesto cara, ni nombre. Aún ahora su nombre se me escapa y con ello su dibujo sigue siendo algo impreciso. Nunca fui un buen dibujante.

Sea como fuere, ha venido. En silencio, sin ruido, como un ladrón, dispuesto a robarme todo cuanto necesita para existir. Pequeño parásito gris. Y los días se han vuelto oscuros, lentos, tristes y rutinarios. Nada es realmente importante, nada te alcanza. Estás de pie, solitario y en silencio, viendo pasar la vida sin que le pertenezcas. Hagas lo que hagas, eres tú y nadie más. Y ninguna persona, amiga o desconocida, es capaz de penetrar en tu extraña isla. Pareces entonces un farero, vigía solitario enfrentado al oleaje furioso, en medio del océano, altivo, frágil y solitario. 

miércoles, 8 de junio de 2016

XXXIII

Aunque este sea el ultimo dolor que ella me causa, 
y estos sean los últimos versos que yo le escribo”

Fue todo tan repentino, tan sin querer y sin pensar, que este pobre poema mío que cierra este texto se me quedó como huérfano. No hubo ocasión de ofrecérselo, como hacía con todos los demás, uno por uno, ¡como hacía con mi vida entera! 

Es el último, por ahora. No sé que me deparará el futuro. Quisiera poder seguir cantándole mis canciones, pero sé que ya no le llegan. ¿Debería entonces obstinarme y seguir corriendo tras sus pasos con versos y sollozos? No sé porque me lo pregunto, ya conozco la respuesta. En realidad, nada depende de mí ahora. Ni mi corazón me pertenece. No tengo más que obedecer en silencio y permanecer de pie, como buenamente pueda, o estaré muerto. Y tampoco mi muerte me pertenece ya. Otros han escrito mi destino. Tan solo he de esperar y puede que todo se repita y poco a poco me vayan abandonando los versos, el deseo de revivir un recuerdo, el aroma en su ropa, su sonrisa y su mirada de deseo. Entonces, me volveré de mármol y la lluvia resbalará en mi espalda sin dejar huella apenas. La noches se extenderán perpetuas y el cielo será frío y seco, desaparecerán las estrellas. Volverán los días iguales, sin sombra, sin tiempo y sin esperas. Acompasaré mis pasos a mi monotonía y pensaré que soy alguien. Pero nada será cierto.

En cierta ocasión me escribiste: "Pero todo en ti es pura poesía, puro sufrimiento, pureza ésta que deviene de los sentimientos que en ti fluyen como una cascada y que cuando los reprimes anulan todo tu ser, convirtiéndote, como bien dijiste en una ocasión, en un autómata sin alma". Me temo que hacia esa meta me llevan ahora mis pasos. Tarde o temprano acabaré en ese desierto. ¿Cómo alimentarme sin ti?, ¿cómo saciarme sin agua?

Hasta para el dolor hay un límite. El cuerpo, cuando no puede más, se rebela. Solamente entonces hay dos salidas: dejarse vencer por el sopor, adormecer los sentidos y convertir tu vida en una sombra de vida, a tu alma en un reflejo de alma y a tus deseos en suspiros huecos. La otra alternativa, a veces tan atractiva como tu mirada en un día de verano, aplaca de golpe cualquier lamento. Y te vas. Ambas, por supuesto, terminan contigo.

Pero acabemos ya con todo esto. Dejemos aquí y ahora estos versos huérfanos. Que vivan. Confío en que algún día lleguen a su destino y se reúnan con sus hermanos. Solo entonces tendrán sentido, serán al fin lo que debían ser.


Pase lo que pase, quiero recordarlo todo.
Cada día, cada encuentro,
cada minuto de risas,
cada abrazo y cada beso.
Los silencios, incontables,
mientras mi mirada se perdía en tu mirada,
buscando no sé bien qué,
disfrutando de una luz que me hechizaba.
Y tu voz, alegre, cantarina,
vibrando sobre todo, saltando en cada nota,
haciéndose más mía cada día,
hasta convertirse en parte ya de mi mundo;
como tus canciones, como tus sueños,
que desearía hacerlos míos para siempre.
Y a ti también, mía otra vez, como antes,
cuando soñábamos despiertos
y la vida era un regalo
que compartir alegres.
Y uno a uno, los días se construían
mano con mano, juntos,
porque no sabíamos otra manera
de vivir ni de amarnos.



martes, 7 de junio de 2016

XXXII

Miro por mi ventana y me encuentro de nuevo con la montaña. Ahí sigue, observándome, inmóvil. Y ahí continuará cuando ya no esté para mirarla. Cuando la muerte me lleve al olvido absoluto, a la nada infinita. La montaña existirá sin mí. Al igual que tú.

Quisiera parecerme a ella, en su indiferente contacto con las nubes, las lluvias y el tiempo. ¿Quién se apiadará de mí?

Siento que todos los vientos del invierno han anidado en mis entrañas y tengo frío. Me han abierto de par en par y estoy desnudo. Las ráfagas de aire me atraviesan y arrastran con furia cuanto quiero. Y me dejan sin entrañas. Desnudo y muerto. Solo la pena me queda, como un cuervo hambriento picoteándolo todo: recuerdos, ilusiones y todo el porvenir.  

Me quedan también algunas fechas del calendario, marcadas en rojo, que ya nunca llegarán. Y un viaje que repetir, mil años después del primero.

¡Qué breve felicidad!, ¡qué efímeros han sido mis sueños!

Solamente escribir parece que me aporta un pequeño consuelo. ¡Pobre de mí! ¡Qué poco espero!

Y todo me llega en golpes repentinos, inesperados. Me golpean puñaladas que me alcanzan sin avisar. Nada te puede preparar para una desolación así. Nada. Al igual que las olas en las playas, el dolor me invade en oleadas constantes, carnales; precisas como la mano del cirujano. 

¡Y pensar que hace tan solo unos días era todo tan distinto! Me han lanzado al vacío y el vértigo me devora como un dragón sanguinario.

Me queda el consuelo de que en algún lugar, lejos ya de esta casa vacía y triste, una hermosa mariposa de colores (lo sé, la he visto y conservo aún toda su belleza) ha encontrado la paz. ¡Ojalá sea feliz! Por los dos, por siempre, aunque con ello se cave mi tumba.

No debería extrañarme nada. Era una muerte anunciada. Solamente mi alma se sintió engañada y peleó por una vida que no nos pertenecía. Solo ella albergó la esperanza. Y una vez más tendré que recoger sus pedazos y recomponerla, como buenamente se pueda. Y no puedo culparla, pobrecita, ¿quién puede decir que está preparado?, ¿quién no teme a la muerte?

lunes, 6 de junio de 2016

XXXI

Es la hora negra. Ha llegado de imprevisto, es así. De repente, toda la felicidad acumulada se ha evaporado, como agua caliente, dejando tras de sí solamente un aroma cálido, familiar y efímero.

Miro a mi alrededor y veo caras conocidas que casi había logrado olvidar. Pero no, han vuelto. Y temo que definitivamente. Cuando tienes una pesadilla especialmente aterradora, siempre sabes que se repetirá. No puedes hacer nada para evitarlo. No hay conjuro posible. Nada.

Sin embargo, el verdadero dolor está más lejos esta vez. Sin quererlo, quien se acerca a mí termina pagando un precio que parece marcado por el destino. No es justo. Pero también, como la pesadilla, parece inevitable y se repite con cierta terquedad. 

Creía haber encontrado mi hogar, tras miles de años de búsqueda. Estaba ahí, al alcance de mis dedos. Lo sé porque lo toqué; me acogió entre sus paredes blancas y pude oír la música y sentí una paz desconocida corriendo por mis brazos como pequeñas lagartijas huidizas y húmedas. Todo estaba ahí, contigo. Mi casa, mi reposo y mi destino.

Sin embargo… esta vida no es sencilla. Todo viene a mí enredado y confuso y no logro nunca dar con la clave. Puedo elegir y siempre me equivoco. Será que soy así, de esa clase de personas que, por alguna razón, terminan siempre perdidas en cualquier bosque, mirando hacia arriba en busca del cielo mientras la ladera se empina cuesta abajo sin remedio.

No puedo hacer nada ahora. Esperar. Si tuviera fe, inventaría cualquier plegaria, iluminaría los altares con cientos de velas o imploraría un milagro. Sin embargo, sé a ciencia cierta que todo eso nunca me ocurrirá. No a mí. Nunca.

Así que espero, sin esperanza ninguna. Me siento y veo correr el tiempo con su fría monotonía. A veces cierro los ojos y creo ver tu rostro de nuevo, sonriéndome, como hace unos días, como hace una eternidad. Y espero. 

lunes, 16 de mayo de 2016

XXX

A veces la vida nos sorprende de un modo inesperado, como un fantasma en tus sueños infantiles. Y comprendemos que no hay nada escrito, que todo es imprevisible y algunas veces, mágico.

Y la vida, por sorpresa, me ha hecho un regalo que sin duda no merezco. Pero aquí está, llamando a mi puerta con la alegría de mil primaveras, derrochando sonrisas sin medida, abriendo las puertas de par en par al sol y a la brisa y al canto de los pájaros.

A menudo, muy a menudo, no he sabido valorar el instante, lo vivido en un momento concreto, preso como estaba del pasado, bebiendo de él para saciar una extraña necesidad de recuerdos. Así, de un modo un tanto estúpido, dejé pasar por mi lado a personas maravillosas; muchas de ellas me apreciaban, algunas otras, pocas, me amaron. Y no logré valorar del todo lo que se me iba marchando con cada adiós.

Pero si hay una persona en especial a la que no valoré en su justa medida; si cometí una equivocación mayúscula en mi vida, fue con ella (contigo). Tú me ofreciste todo cuánto se puede desear, la felicidad del universo en una mirada, la dulzura de tus besos, la magia de tus abrazos. Llenaste mis manos hasta colmarlas, y con ellas mi alma. Y no supe valorarlo mientras lo tuve, como un necio que deja escapar todos los aromas dulces sin saber que ya no habrá más. Entonces, todo se perdió: la alegría, los secretos, la vida misma y las promesas; se perdieron como huellas en la arena barrida por el viento. Llegó el exilio, la distancia y un invierno cruel y duro que lo barrió todo: hojas, aromas y secretos.

Y entonces, como un inconsciente o un idiota, malgasté mis energías soñando con imposibles, dibujando cometas en el cielo que se desvanecían con la primera brisa. Huí, sin un camino escrito ni ninguna meta. Solo corría, en todas direcciones, mientras me perseguía, incómoda, una sombra.

Y me agoté. De repente, sin previo aviso. Dejé de mirar los campos y de aspirar el otoño. Dejé los caminos de tierra, las aves y las flores. Cerré una puerta y se apagó la luz. Entonces, me adapté a las tinieblas, y me movía en ellas con la agilidad de un topo. Y a todo aquello creí poder darle un nombre.

Hasta que llegó una mañana y ella llamó a mi puerta. Y aquella gruta húmeda y silenciosa se rebeló estrecha. Se abrieron los postigos, cayeron las pesadas cortinas y, a la luz, todo me pareció pequeño, miserable e inútil. Bastaron unas pocas palabras y una sonrisa, fue suficiente la luz de una mirada y el calor de unas manos menudas en las mías y comprendí, aterrado, cuánto habían cavado mis brazos.

Y así se explicaron de pronto mis ilusiones quiméricas, mis sueños y mis promesas falsas. Descubrí la razón del sinsentido,  o que no se puede reemplazar el sol por un dibujo amarillo, y que cuando has entregado tu alma, ya no hay vuelta atrás posible.

Tarde me llegan esas certidumbres. Porque es tarde ya para volver a sentarme a su lado, para mirar juntos el mismo sol y saborear la misma brisa. Tarde para amarla en silencio y empaparme de su risa y de todas sus pequeñas locuras, frescas como un torrente helado, que me bañaron entonces, hace mil años.

No sé si esta verdad compensará tantos segundos perdidos. Algo me alivia, sí. Sin embargo, ¡cuánto daría por cambiarlo todo! Desharía sus lazos invisibles, y la rodearía con mis brazos. Sería la tarde, la calidez del hogar y la amiga perfecta. Sería la amante dulce y la palabra precisa. Y ya no sentiría nunca más esta fría compañía, impuesta e inoportuna, que se ha convertido en la reina de los pasillos y de mis noches.

Hay un camino que sube la colina, entre montes redondos, casi desnudos, y sembrado de flores violetas en verano. Algunas veces he recorrido ese camino, hasta la cima, desde donde contemplaba el mundo, con una belleza que casi quemaba. Allí, en lo alto, se ve el paraíso.

domingo, 28 de agosto de 2011

XXIX

Bajo hacia Castilla desde las montañas de Cantabria. Atrás queda Reinosa, entre sus nubes y sus verdes campos cercados por lomas redondeadas y suaves que, de alguna extraña manera, me hacen pensar en bebés. Reinosa se parece al paraiso, como si no perteneciera a este mundo, aislada en sus montañas.

Ante mí, campos amarillos hasta el horizonte y el silencio de los campos, la soledad de los campos. ¿Estoy contemplando los campos de Palencia o acaso a mi alma que se extiende solitaria y sombría hasta el horizonte? Amo las tierras de Castilla, sus horizontes inmensos e inalcanzables. Amo esa sobriedad, esa monotonía infinita. Tal vez porque me siento como esas tierras, solitario, vacío, silencioso y abandonado; y también porque de pronto, a veces, divisamos un árbol como perdido en medio de una soledad perenne y me recuerda también a mí, a aquellas veces en las que encuentro en mi soledad y en mi silencio alguna nota alegre rompiendo la monotonía.

Veo la carretera que dejo detrás de mí, exactamente igual que la que se extiende delante del coche, y sigo terco hacia mi destino, hacia mi casa, hacia mi vida de cada día. Y una pena sombría, que ha ido trepándome en silencio, se ha encaramado por fin en lo más alto y me deja una mirada sombría y una pequeña angustia permanentemente asida a mi cuello. Lo que había comenzado, tres días atrás, como un viaje esperanzador, se ha vuelto un pequeño dolor, una espina, que no consigo arrancar.

Quizá debería comenzarlo todo una semana atrás, cuando el viaje tomó forma y se confirmó como un oasis delicioso y breve, pero intenso, donde apaciguar mi sed. Quizá debería recordarme metiendo en la mochila, a la par que unas escasas pertenencias, un sinfín de ilusiones. O, sin irme tan lejos, revivir las primeras curvas de la carretera, las primeras notas de música, las primeras horas de mi viaje al norte.

De alguna manera, intrínsecamente, no era un viaje más. Era un regreso al pasado. Una vuelta a los primeros encuentros. Aquellos encuentros llenos de futuro, de incertidumbre, de preguntas flotando en el aire que no deseaba ni alcanzar con la yema de mis dedos. Poco a poco, el paisaje se fue definiendo, lentamente. Y el espacio. Las noches de confidencias, los días de espera. Fue como volver a tener compañía, fue dejar de caminar solo.

No obstante, por mi experiencia pasada, por mis desilusiones, debería haberlo previsto. ¡Torpe de mí! No alcancé a adivinar lo que tenía que pasar. Quizá porque no hubiera debido pasar, porque esta vez todo era diferente, tranquilo y calmo y me reconfortaba en la repetición y en los silencios; en las miradas simétricas y los pasos lentos.

Pero llegó una noche vacía, de ausencia. Y luego llegó otra y una más. Sin fuerzas ni esperanzas, dejé correr el agua bajo el puente y me preparé para otra travesía solitaria, una más, quizá la más larga y la más triste. Mía y absoluta.

Y entonces, apareció este viaje, dibujándose confuso e incierto. ¿Uno más? No, tal vez no. Quizá una vuelta al pasado. Quizá todos los silencios habían terminado. Así me lo planteé. Así cogí el coche y me fui, carretera arriba, con un saco de ilusiones.

La vida, entonces, vemos que no se planifica. La vida corre junto a nosotros e intentamos seguirla mientras podemos. La vida huye y juguetea y es insensible a nuestros ruegos. Las ilusiones a un lado y la vida que pasa veloz.

Poco a poco, el paisaje va cambiando, como sin querer, como pidiendo disculpas. A la derecha, muy lejos y a la vez extrañamente cercanas, las montañas que marcaron una frontera, orgullosas y tercas. A mi izquierda, llanos salpicados de árboles y pueblos recostados al sol, en una siesta casi perpetua.

Adivino las suaves montañas que vendrán luego y que se confunden a lo lejos con las nubes. Galicia. La anuncia el verde y la nube. Conozco el camino. Conozco el destino.

XXVIII

A menudo me dejo llevar y viajo. Veo los campos acariciados por la luz mortecina de la última hora de la tarde, con ese sol que de tibio es ya frío y huelo el viento que surca el espacio y me trae aromas y recuerdos, fundidos en una sola esencia.

A menudo me dejo llevar y viajo. Y entonces, encerrado en mis cuatro paredes, con ese libro y el coche amarillo, o el jinete, me marcho allá lejos, a unos campos que ya no puedo ver pero que invento y a un tiempo que intento redescubrir en los juegos de unas niñas de ojos negros que me miran a veces con asombro y otras muchas con un cariño que apenas siento que merezco.

A menudo me dejo llevar y viajo. Cabalgo de nueva sobre la BH verde que tantas alegrías me dio antaño. Y el camino polvoriento y marrón se extiende de nuevo bordeando la muralla y, detrás, los cipreses, severos como profesores adustos, silenciosos y observándome desde su altiva soledad. Tristes como lamentos callados. Solos, sin un aroma que les alegre en las tardes de agosto.

A menudo los viajes tienen un efecto devastador. Vas a una ciudad y paseas por sus calles como un turista más o, peor aún, como un ser sin sombra. No reconoces ningún lugar, ninguna cara y, algunas veces, no reconoces ni las palabras. Entonces intento hacer lo que he ido a hacer. Lleno mi tiempo ocupando espacios y guardándolos como si cogiera mariposas de colores. Me agoto subiendo escaleras, bajando por calles estrechas o por avenidas interminables en pos de pequeñas metas que no me dan medallas. Pero siempre, siempre, termino por sentarme en algún parque, tal vez al atardecer, y sé que está pronta la visita que tanto he temido y que nunca deja de estar y de ser en mí.

A menudo en los viajes me asalta la desolación del abandono. No es la tristeza, que se puede espantar con una sonrisa. No es el cansancio, que un buen colchón remedia. Es la sensación de haber sido desembarcado en medio de un océano infinito, en el vacío azul donde nadie puede oír tus lamentos. Es ahí cuando asistes impertérrito a tu precisa dimensión, cuando contemplas tu reflejo y te reconoces en toda tu desnudez.

De ambos viajes, prefiero siempre los primeros. Son como viejos amigos. Están a mi alcance y me dejan siempre una leve sonrisa en los labios, al punto que un punto de nostalgia que me reconforta de una manera íntima, como un sabor casi olvidado que recuperásemos de pronto.

Los segundos viajes los odio y, sin embargo, pienso que los necesito. En parte me alejan hacia otros universos que me distraen y me retan. En parte me resultan útiles, en especial cuando se han terminado. Y como los odio, tienen el efecto de demostrarme que aún estoy vivo.

XXVII

Hoy he pasado por el puente, junto a la casa grande al borde de la ría. La han pintado y está más hermosa, como una mujer recién maquillada o vestida de gala. Supongo que la habrán comprado ya.

No me he parado. Solamente la he visto, asomándose detrás de los pinos, como la vimos aquella vez, la primera, cuando apenas se la veía, abandonada y triste, gris como el cielo en invierno. Fuiste tú, en realidad, la que se fijó y te quedaste fascinada al instante: la soledad en que se encontraba, la cercanía de esa agua adormecida, casi como de lago, y el cerco de árboles que la convertían en una extraña isla dentro del bosque.

Un día te animaste a visitarla y llegaste a casa contenta pues la casa estaba a la venta. Aún estando fuera de nuestras posibilidades, hacías planes para arreglarla y dejarla habitable y aseada como si fuera nueva. Los planes flotaban en el aire del salón imbuidos de una alegría contagiosa y se diría que se peleaban los unos con los otros para ver cual llamaba más nuestra atención. Yo intentaba mantenerme al margen, dejándolos jugar a su antojo como niños traviesos, pues temo implicarme en quimeras que después, al quedarse en su limbo, terminan por herirme de alguna u otra manera. Así que te escuchaba y te veía pelearte con los proyectos como un invitado de piedra y se me aparecía la casa, brevemente, toda engalanada, recibiéndonos como una tierra prometida.

Habría habitaciones de sobra, imaginabas, para poder dilapidar espacios y ambientes a nuestro antojo, sin más límites que nuestros deseos o nuestros caprichos: una sala de juegos para las hijas, otra para la música, una más para leer o para pensar, una para ver películas, ...

A partir de esa tarde, cada vez que pasábamos por el puente y divisábamos la casa, recobraban de nuevo el vuelo los planes y parecía que ya la casa nos pertenecía o, quizá, que nosotros le pertenecíamos un poco a ella. Luego, como suele suceder en estos casos, se fue perdiendo la alegría y la sorpresa de verla y nos acostumbramos en cierto modo a pasar por el puente y mirarla con el rabillo del ojo y los sueños que habíamos tenido apenas flotaban ahora ante nosotros un par de segundos, desapareciendo al instante con la llegada de la rutina y las prisas.

Pero, de alguna manera, mientras la casa seguía siendo una sombra gris meciéndose entre los árboles nos pertenecía aún en cierto modo.

Pero hoy estaba pintada de rojo y blanco, reluciente, y se reflejaba en el agua como una chiquilla presumida, orgullosa de su nueva apariencia. El sueño de tenerla se había esfumado ya hace unos años, cuando tu y yo seguimos caminos diferentes. Pero la casa era, aún, un extraño vínculo que me aferraba a otra época menos oscura y menos triste, como cuando uno contempla un álbum de fotos antiguo y se regocija con la visión de un pasado diáfano y alegre.

Dejé pues, con cierta tristeza en el alma, la casa atrás y sentí que ya no era la misma; se había quedado, la nuestra, en algún rincón lejano y lo que veía ahora no era nada mío. Ni yo la reconocía ni ella me hubiera reconocido.

sábado, 27 de agosto de 2011

XXVI

Llueve. Estoy en casa y llueve.

Ha comenzado la lluvia ligera, casi se diría vapor de agua y la brisa jugaba con las gotas diminutas como un prestidigitador invisible y relucían éstas como diminutas pompas de jabón irisadas. Algunas personas apuraban el paso y me divertía viéndolas subir o bajar la calle, algo más apresuradas que de costumbre, mirando al cielo con recelo y dejando atrás cualquier pensamiento para ocuparse en intentar adivinar si la lluvia arreciaría o no, duraría hasta la noche o no, mojaría las ropas tendidas a secar o no.

Y el agua ha crecido y se ha vuelto ruidosa y pesada. Rebotando contra los coches, creando incipientes charcos, corriendo por los tejados en pequeños ríos alegres. La gente ahora corre, escapa, se refugia y gruñe y los veo como pequeñas hormigas sin sendero, extraviadas, oscuras como el día. Casi triste es este instante en que la luz se debilita como una llama agitada por el viento. Caen las sombras como cae la lluvia y todo se va volviendo una ilusión, sin contornos, sin sombra, sin nada más que agua y rumor de agua.

La tarde se ha vuelto oscura como una noche temprana y el agua cae con furia ahora, barriendo las calles de gentes, de animales, de hojas. Las tejas brillan bajo la lluvia que las lame como un fuego transparente y las convierte en bronces relucientes. Bajan ríos revueltos por las aceras que se reúnen con otros y crecen como los vientres.

El agua, incolora, se ha vuelto de acero en oleadas sucesivas como cortinas agitadas por el viento y suena nerviosa al rebotar contra el suelo como puntas de acero caídas del cielo.

La oscuridad se cierne y crece y parece querer devorarlo todo: casas, árboles, calles y autos. Hasta el cielo ya no es más que agua. Y el mundo se ha encogido y parece diminuto, como si la sombra que desciende como un cuervo con las alas abiertas lo fuera engullendo sin remedio.

Desde mi ventana apenas veo ya nada. Solamente el sonido crece, al tiempo que la vista se vuelve innecesaria. Como un trueno constante se escucha el agua en su terquedad martilleante, como una voz ronca gritando en medio de la nada.

Es como si el pueblo, el mundo tal vez, se hubieran desvanecido, hubieran sido arrastrados por la lluvia hacia el mar y solo permaneciera yo, como un timonel anclado a su puesto, como testigo atónito de una terrible belleza.

Nada existe por un instante, que parece dilatarse como el paso del caracol, más que las tinieblas, el ruido y el agua.

Y miro a través de la ventana, aunque en realidad mis ojos se han vuelto y están volcados en otras simas, en realidades imaginadas unas y muertas otras. Los fantasmas desfilan en silencio y los saludo con respeto. La tarde se escabulle en remolinos densos y ahí me dejo llevar y sueño.

XXV

Toda la vida buscando y nunca se termina nada... y si te paras sabes que estás perdido. Pero a veces buscas en la dirección equivocada y lo que deseas mata y a veces es ya tarde y se tejen las redes tan fuertemente que no ves la luz... ni la presientes. Y tus palabras son tu tumba y todas las canciones se agolpan como demonios sedientos.

Y eso le pasó a aquel muchacho que creció con el corazón latiendo descompasadamente.

"The boy's got a heart
But it beats on the opposite side"

Todo parecía ya escrito y él solamente recorría el camino con el automatismo de un corazón de acero, engranado y discreto. Y cualquier sueño era medido por el compás de tres por cuatro.

Detente.

Así siempre, siempre igual. Y bebía el agua y comía del plato sin reconocer el hambre o los huesos y nadie lo conocía porque todo era oscuridad más allá de lo razonable; y era la sombra de la cueva y era el miedo absoluto que brota de pronto del confín de los recuerdos.

Pero nada es tal y como se piensa. Nadie escapa a sí mismo. No eternamente.

Y el roce de un aroma o un latido perdido, o la conciencia sin ciencia y sin paciencia, le van abriendo los ojos porque la poesía está flotando en el ambiente y el miedo no es más que una parte más de la noche que ya no teme visitar. Y asume su imperfección como una liberación. Está vivo al menos y se ve en esas gotas que riegan el camino que deja a sus espaldas.

Todo camino es movimiento. Aunque te pares... no dejas de correr. Y lo has comprendido, tarde, pero al final de todo estás ahí. Y las manos y las sombras y el universo entero en una gota.

Te liberas de las sábanas y de las conchas cerradas y llegas a comprender la belleza de un adiós dicho en su justo momento. Y perdonas a quién odiabas porque la vida es un suspiro y algo absurdo si lo piensas... Y avanzas.

Ahora solo falta la locura y estarás completo. Y descubrirás lo que nadie más ha descubierto. Entonces serás. Y no querrás llegar a nada ni alcanzar cimas. Porque la vida está en esa charca y unos ojos pueden encerrar la historia entera, pero has de estar atento y conservar la energía. Y has de ser un loco sin miedo.

"The boy's got a heart
But it beats on the opposite side"

Todo es absurdo si lo miras bien. No hay metas realmente, nada que valga la pena más allá de ser en el instante preciso lo que debes ser. Solo tú dependes de ti. Así ha sido siempre aunque no lo supieras.

Y no puedes ser un predicador, ¡jamás!. Limítate a regar las flores y aspira el aroma que dura un segundo tal vez.

Enamórate ahora. Y mañana. Amor sin promesas, amor sin prisas ni metas. Nadie es dueño de los sueños. Nadie comprende el mecanismo de los vientos.

Uno, dos y tres y empieza otra vez.

viernes, 26 de agosto de 2011

XXIV

A veces las palabras se esconden y al igual que si de un juego se tratara hemos de ir tras ellas, algunas veces a húmedos rincones oscuros donde apenas hay aire. No siempre es así, no siempre.

Por lo general, ellas son las que me asaltan, sin horarios, como los recién nacidos. Y me entran las prisas para atraparlas a todas al vuelo, como si cazara mariposas con red.

Pero al igual que el cuerpo se cansa y reposa y es ajeno, mientras duerme, a todo cuanto sucede, creo que al alma algo parecido le acontece y en ocasiones se queda quieta, casi como si posara para una foto, y parece que nada de cuanto ocurre a su alrededor le afectase. En esos momentos, no demasiado frecuentes, siento como si me faltara algo, al igual que si nos vestimos elegantemente y tenemos la sensación de haber olvidado algo importante de nuestra indumentaria, pero lo inhabitual de la ocasión nos impide apreciar de qué se trata.

En esas situaciones solía inquietarme antaño. Casi llegaba al enojo con mi alma, incapaz como era de comprender esa caprichosa actitud y mucho menos de remediarla. Pero la experiencia (o los años dirán algunos) ha ido poniendo ciertas cosas en su sitio y aunque sigo padeciendo de impaciencia al menos he aprendido a que todo sigue su propio ritmo y que éste es así a pesar de nosotros mismos, lo cual no deja de estar bien y hasta es imprescindible que así sea.

Así pues, cuando mi alma escoge esa pose como de fotografía antigua y se aletarga, como si dijéramos, dejándome como medio cojo, adopto la única actitud que se puede adoptar en tales momentos: la indiferencia. Si toca un período de reposo, y ya que éste en su duración no dependerá para nada de mis deseos o necesidades, al menos intento aprovechar las ventajas que me aporta, que son una cierta tranquilidad de espíritu y mucho tiempo libre para pensar en tonterías.

No sé exactamente a qué viene todo esto. No parece muy pertinente cuanto estoy escribiendo. Si pienso en algo a propósito de lo que estoy haciendo, me viene a la cabeza un fontanero intentando taponar una vía de agua. Supongo que los domingos grises es lo que tienen: te empujan a ocupar tu tiempo de alguna manera que consideres decente.

Y en realidad lo que yo quería inicialmente era dejaros un poema y se me ha ido casi el santo al cielo. Ya no sé si debo o no debo. Pero ahí lo dejo, puesto que para ello venía y esa era mi intención primera y porque refleja, de alguna manera, lo que con tanto esfuerzo he dejado aquí escrito.


De todo y de nada escribo,
en hojas sueltas,
en suspiros.
Algunas veces encuentro tu belleza
y otras dolor
por no desvelar tu rostro
que se confunde con las nieblas.
Y se arrastran las palabras,
diminutas como monedas,
hasta que las pierdo,
todas,
en un ovillo de silencios
y en el devenir eterno de las horas.

jueves, 25 de agosto de 2011

XXIII

Me voy perdiendo en el tiempo, en las distancias, en las sombras que dejan tras de sí aquellos que me han amado. Me van cortando amarras y las pocas que quedan apenas me retienen a mi tierra y siento ya la marea con más fuerza tirando de mí hacia la soledad de una última travesía, desasistido de afectos, desprovisto de los recuerdos que me regalaban, como el riego a la tierra árida.

Nada es eterno y nos pasamos la vida peleando contra esta evidencia. Algunos no se resignan y se inventan paraísos más allá de toda lógica y se aferran a ellos como náufragos a un madero. Quisiera poseer esa fe fantástica y vivir en medio de ese sueño absurdo. Pero no puedo. O tal vez no quiera engañarme hasta ese punto.

Ella, que no pisó una iglesia en cuarenta años, se retiraba a su cuarto y en medio del silencio de la noche la oía rezar con una determinación sobrecogedora. Algo la empujaba a ese conjuro susurrado para sus adentros que buscaba en el eco de las paredes una presencia que se apiadara de sus pecados.

Pero ahora ya se olvidó de todas las oraciones. Y hasta de Dios y del pecado (bendito olvido). Se olvidó hasta de su difunto esposo, de su hija, de sus nietos, de la ciudad donde había vivido durante más de 90 años... Y con cada olvido su alma se hacía más pequeña, privada de todo alimento. Y su mirada se convirtió en algo vidrioso, lejano y vago... reflejo imperfecto del vacío de su mente, del desierto que había dejado en ella la muerte de sus recuerdos.

"Conserva tus recuerdos, es todo lo que te queda", decía Paul. Sin ellos somos viajeros de las sombras y estamos a la deriva.

Ella, sin recuerdos, ya no es nadie.

Cuando la veo, ahí sentada, con la mirada viajera, arrugada pero fuerte, y me observa con cierto esfuerzo y me saluda como quién recibe una visita inesperada de un completo desconocido, me doy cuenta que ya no es lo que fue para mí y yo no soy más que una confusa sombra, un mosaico de personas y de tiempos sin más unión que el mero azar o el capricho de una mente enferma. Está en su remoto reino y allí ya no hay cabida para nadie más.
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Han pasado los días, para ella iguales a sí mismos, como una lenta sucesión de segundos dormidos. Se han ido las fuerzas y se han ido los lamentos. Tan solo el vidrioso preguntar de una mirada sin destino. Ha venido la fiebre y luego el sueño y detrás de éste, la calma.
Imagino un silencio de convento y el aire quieto, pesado y cálido. Se ha caído la noche sobre su remoto reino.

Eres la sombra que se ha posado sobre todas las cosas.
Eres la madera y el olor de la madera.
En un silencio oscuro se ha quedado el alma.
Y el recuerdo picotea furioso entre las sombras del tiempo.
Eres la tierra y el olor de la tierra.
Y me has llenado la boca de tierra. Y el corazón.
Eres la que todo empequeñece.
Lo conviertes todo, absolutamente, en el átomo.
Y luego, en la nada. Absolutamente.
Eres la que me arranca y la que me pierde.
La que borra el paisaje y los horizontes y termina el viaje.
Eres la sombra que se ha posado en mi hombro
y que se ha apropiado de todo.
Y el tiempo ya no volverá a correr como antes lo hacía.

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Hoy, algo más de treinta días después, su gato también se marchó. Espero que ambos sigan con sus tonterías en algún lugar. Sé que es solo una esperanza o una quimera, mas así los recordaré.

domingo, 9 de agosto de 2009

XXII

Recuerdo, repentinamente, con la sorpresa de las cosas que suceden porque sí, con el sobresalto del trueno, un verano de mi infancia y un paseo en seiscientos. El abuelo había bajado la capota de lona, algo que hacía muy raras veces, y, detrás, de pie sobre el asiento de un rojo intenso y cálido, íbamos cuatro niños, las cabezas asomando tímidamente, felices de recibir en nuestras caras, risueñas de alegría y de nervios, la brisa que nos despeinaba.

Recuerdo que me sentía, en parte, como un rebelde o un delincuente, aún siendo consciente, ahora, desde el instante presente, de lo limitado e inexacto de mi conocimiento entonces de la rebeldía o la delincuencia. Pero era consciente de estar haciendo algo excepcional, prohibido en algún sitio, y ello añadía un punto de emoción a una experiencia ya de por sí maravillosa.

Ahora, al intentar revivir esos instantes, que en mi memoria no duran más que una veintena de metros y unas pocas risas al viento, como si ese instante compartiera la naturaleza de la niebla del río, se me dibuja una mañana de verano, julio tal vez, soleada y calurosa, extrañamente cálida, y unos árboles, a mi derecha, altos y de un intenso color verde, sin sombra, alineándose paralelos al cauce del río, invisible desde la carretera, y más allá una casa solitaria, blanca y roja, como de dibujo de un niño, y la recta delante de nosotros, interminable, mientras el coche avanza sin avanzar y la brisa, fresca, casi como un chorro de agua, repentina y alegre como el tañer de las campanas.

Ahora me parece todo ello irreal y lejano. El coche ha desaparecido, chatarra y óxido, sin una despedida conveniente. El abuelo ha fallecido con el olvido y la locura alejándolo de todo aquello que le era suyo, en un viaje solitario y desnudo, carente de motivo y de identidad. Acá nos quedamos el resto, mirándolo partir con la sensación de quién se pierde en un laberinto.

XXI

La pequeña ventana arranca al sol extraños colores que parecen correr por el suelo de madera como luciérnagas ingrávidas y transparentes que intento tapar con mi dedo que, al instante, parece haberse impreso de colores y de luz. El salón está en silencio y yo lo lleno por entero. A lo lejos, al final del pasillo, desde la cocina, llegan a mí los ecos de voces apagadas y constantes como martillazos ligeros sobre una superficie acolchada. Monótonas, perennes, son como el sonido de una lluvia de palabras sobre un cristal invisible. Recuerdan a iglesia, a penitencia o a rosario.

Una brisa, delgada como un cuchillo, balancea a ratos la blanca cortina de enormes flores verdosas que parece agitada por una mano misteriosa como un abanico gigante. Es verano aún; no sé por cuanto tiempo, pues septiembre está al caer, con su ruido de hojas y el corretear de los zapatos negros sobre los charcos. Pero es agosto aún y parece, por momentos, que el tiempo se detuviera y me mirara, compasivo, como queriendo darme una tregua sabedor, naturalmente, que es él quién tiene siempre la última palabra.

En un papel dibujo torpes líneas verticales y horizontales, rápidas y diminutas. Salpico el espacio de nerviosos trazos que sólo en mi imaginación representan dos ejércitos enfrentados.

La brisa insiste de pronto con más ímpetu y la cortina me parece ahora una bandera que creciera y ondeara orgullosa hasta rozar la mesa contigua. Sobre ella, impasibles aún, dos retratos en sus marcos gemelos y plateados anuncian una mínima victoria de un pasado aún cercano frente al correr de las estaciones.

Sin querer, un trazo se me escapa del papel a la alfombra y entonces descubro una presencia inmensa que planea sobre toda la casa y tiene la voz seca y fuerte del abuelo. Siento el corazón saltando en el pecho con la vitalidad de un pez recién pescado y paso la mano sobre una invisible línea azul que imagino que brillará con luz propia, aunque misteriosamente permanece aún invisible, escondida entre las flores rojas y las verdes hojas de la alfombra. Y al instante olvido todo de nuevo y escucho el lento martilleo de las voces en la cocina, la leve fricción del viento en la cortina y un estruendo inocente en una hojita de papel.

sábado, 8 de agosto de 2009

XX

Estoy frente al mar mientras el sol camina hacia un horizonte de tiralíneas. El aire es frío. Es de invierno. Pero el sol de esta tarde de marzo es cálido, como una caricia. Me invita a quedarme. Estoy solo y dejo que los sentidos marquen el camino. La brisa, sigilosa, pasa de puntillas, rozándome la espalda con su mano helada. Aquí y allá escucho el trino de los pájaros silvestres y no los veo. Están ahí, como las nubes y como la espuma que se levanta sobre las rocas lejanas sin ruido, silenciosa como una señal secreta. Y la luz. La luz es única y al tiempo se va muriendo suavemente, casi sin querer despedirse del todo.

Comprendo de pronto que estoy viviendo un momento especial y me relaja la idea de ser consciente, en este instante, de la vida y del tiempo. He vivido otros atardeceres. Todos han sido únicos y se han ido. Cada día, cada hora, cada luz y cada sombra son en el instante en que nos rodean y pasan, despacito y sin ruido, de la retina a la memoria y al alma. Sin prisas.

No hay nadie más que yo viviendo este instante. Esta tarde es mía. Y es irrepetible. Solamente yo soy testigo de su belleza y de su caducidad inmediata. No existe sin mí. Y nunca más habrá otra semejante. Esta brisa y este calor, la nube que se extiende como un techo rechoncho entre el mar y el cielo, jamás se repetirán. Y yo soy testigo de este momento. Y son consciente de ello.

No lo fui entonces, hace años, cuando me cité con ella en el parque, sobre el mar. Aquel fue el primero de otros encuentros sin pasado y sin futuro. Era septiembre. El verano estaba dejando paso al otoño cálido y gris de suelos marrones y cielos de acero. Pero aún estaba ahí, contigo, dibujado en tu piel y en tu mirada. Yo miraba al frente porque apenas me atrevía a mirarte a los ojos y entonces, cuando dejaba de escrutar el más allá, me quedaba mirando tu nariz y tus labios y dejaba que me calaran tus palabras como la lluvia. Ya no recuerdo, sin embargo, apenas nada. Salvo tu tristeza repentina y el llanto. Hubiera podido sentirme feliz por ser la única persona en el mundo que vivía ese instante. Lo hubiera sido si lo hubiera sabido.

Tú nunca serías la misma. Ya no. Vendrían otros a escucharte y a mirarte a los ojos. Pero no estarías ya como en septiembre. Ni yo tampoco.

Todos los días son únicos. Y yo soy un malgastador de momentos. Paso de largo sin querer detenerme o sin saber hacerlo. Pero en ocasiones consigo pararme un momento, como esta tarde, y atrapar en mis manos el tiempo y beberlo sin prisa, a mi manera. Verlo desaparecer, después, es ya de una tristeza más pequeña. Inevitable.

Me consuela recoger ahora, tantos años después, los momentos en que te tuve conmigo y saber que entonces, por unos minutos, nadie más estuvo tan cerca del paraíso.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

XIX

Era el tiempo de los paseos solitarios. El tiempo de la nada y los vacíos. Los campos se extendían como sábanas y la luz al mediodía era casi transparente.

Era el mes de abril y me sentía cansado y se diría que me encorvaba al caminar y creo que por eso es por lo que salía en las tardes a los caminos, para calentar mis huesos con ese sol que dejaba atrás su frialdad invernal y prometía días más anaranjados, como hojas de un libro anciano.

Buscaba una roca elevada, junto a algún polvoriento camino por la ausencia de lluvias, y allí me adormecían los pensamientos más diversos que saltaban de un tiempo a otro sin ninguna aparente lógica, como gorriones nerviosos en las ramas desnudas. Así dejaba correr los días y en realidad que la vida transcurría indolente y lacia y evocaba con frecuencia los caminos que en mi infancia recorría en una bicicleta verde que saltaba entre surcos y piedras con la alegría de un saltamontes. Pero los recuerdos no eran más que fotos borrosas y caprichosas, destellos de relámpagos que a veces, si duraban lo justo, casi llegaban a emocionarme, como cuando contemplas el álbum de la boda mientras te preguntas qué es lo que salió tan mal y desde cuando perdiste el compás de los sueños.

Buscaba también el silencio. Pero el silencio mío era el trinar de un pájaro lejano, el rumor del mar, como un susurro permanente, y las notas que el viento dejaba en las ramas y en las praderas. No me hacía falta nota alguna más.

Había instantes en los que, sentado al sol que declinaba y se tornaba más y más frío, llegaba a apreciar el sentido de lo eterno. No era yo entonces ni la tarde era la misma. Se diría que una cúpula de cristal se había posado sobre mí y sobre todo aquello que me rodeaba, tanto afuera como dentro de mí, y dentro de ella se hubiera detenido el tiempo y todo pudiera conservarse así indefinidamente. Sentía, entonces, una sorprendente ligereza y podía llegar a pensar que mi cuerpo se había convertido en aire y nada pesaba en mí y el dolor jamás podría volver a tocarme; ni el frío tenía ya cabida en ese momento. Solamente la luz menguante venía a despertarme de tales ensoñaciones y entonces la caída se tornaba extrañamente dolorosa, como si de pronto mil alfileres acuchillaran el tiempo.

- No me conoces. Aún no sabes quién soy.

Supongo que todo despertar arrastra sus pesadillas. Y su mirada era firme y sincera. Y ante la verdad yo estaba desnudo y desarmado.

- ¡Ámame! , le gritaba, y al instante comprendía que mis palabras se quedaban cortas y la sonrisa que brotaba de sus labios me hablaba de un reino de sombras en donde ella no tenía cabida.

Espantando fantasmas regresaba con las primeras estrellas, escrutando ante mí, no fuera a pisar un caracol.

XVIII

Las horas grises se repiten con monótona asiduidad. Vienen a su cita al igual que las olas regresan a la playa. Y aquí me encuentran siempre. Espero su acometida y las recibo de la mejor manera que soy capaz. A pesar de todo, desearía poder olvidarme de ellas.

Unas veces es algo tangible lo que las acerca a mi solitario refugio de recuerdos y de sombras y las cobija como un buen fuego en invierno. Otras muchas veces, sin embargo, no hay signo alguno que explique su llegada. Vienen de improviso y son estas visitas las más inoportunas y las más odiosas.

No debería extrañarme. No debería revelarme ya a esta costumbre. Las tareas repetidas, los paseos por los mismos parajes, las miradas al espejo, todo forma parte de esas rutinas que me conforman; manos de barro sobre arcilla. Soy tantas pequeñas cosas, tantas ausencias, tantos miedos, tantas fugas …

Sigo teniendo miedo de la noche, como cuando de niño me espantaban los cuartos a oscuras como bocas hambrientas. Pero la noche ya no es solamente un espacio sin luz. La noche, mis noches, son las horas de soledad absoluta, de abandono, de silencio inquebrantable. La noche soy yo.