Recuerdo, repentinamente, con la sorpresa de las cosas que suceden porque sí, con el sobresalto del trueno, un verano de mi infancia y un paseo en seiscientos. El abuelo había bajado la capota de lona, algo que hacía muy raras veces, y, detrás, de pie sobre el asiento de un rojo intenso y cálido, íbamos cuatro niños, las cabezas asomando tímidamente, felices de recibir en nuestras caras, risueñas de alegría y de nervios, la brisa que nos despeinaba.
Recuerdo que me sentía, en parte, como un rebelde o un delincuente, aún siendo consciente, ahora, desde el instante presente, de lo limitado e inexacto de mi conocimiento entonces de la rebeldía o la delincuencia. Pero era consciente de estar haciendo algo excepcional, prohibido en algún sitio, y ello añadía un punto de emoción a una experiencia ya de por sí maravillosa.
Ahora, al intentar revivir esos instantes, que en mi memoria no duran más que una veintena de metros y unas pocas risas al viento, como si ese instante compartiera la naturaleza de la niebla del río, se me dibuja una mañana de verano, julio tal vez, soleada y calurosa, extrañamente cálida, y unos árboles, a mi derecha, altos y de un intenso color verde, sin sombra, alineándose paralelos al cauce del río, invisible desde la carretera, y más allá una casa solitaria, blanca y roja, como de dibujo de un niño, y la recta delante de nosotros, interminable, mientras el coche avanza sin avanzar y la brisa, fresca, casi como un chorro de agua, repentina y alegre como el tañer de las campanas.
Ahora me parece todo ello irreal y lejano. El coche ha desaparecido, chatarra y óxido, sin una despedida conveniente. El abuelo ha fallecido con el olvido y la locura alejándolo de todo aquello que le era suyo, en un viaje solitario y desnudo, carente de motivo y de identidad. Acá nos quedamos el resto, mirándolo partir con la sensación de quién se pierde en un laberinto.
domingo, 9 de agosto de 2009
XXI
La pequeña ventana arranca al sol extraños colores que parecen correr por el suelo de madera como luciérnagas ingrávidas y transparentes que intento tapar con mi dedo que, al instante, parece haberse impreso de colores y de luz. El salón está en silencio y yo lo lleno por entero. A lo lejos, al final del pasillo, desde la cocina, llegan a mí los ecos de voces apagadas y constantes como martillazos ligeros sobre una superficie acolchada. Monótonas, perennes, son como el sonido de una lluvia de palabras sobre un cristal invisible. Recuerdan a iglesia, a penitencia o a rosario.
Una brisa, delgada como un cuchillo, balancea a ratos la blanca cortina de enormes flores verdosas que parece agitada por una mano misteriosa como un abanico gigante. Es verano aún; no sé por cuanto tiempo, pues septiembre está al caer, con su ruido de hojas y el corretear de los zapatos negros sobre los charcos. Pero es agosto aún y parece, por momentos, que el tiempo se detuviera y me mirara, compasivo, como queriendo darme una tregua sabedor, naturalmente, que es él quién tiene siempre la última palabra.
En un papel dibujo torpes líneas verticales y horizontales, rápidas y diminutas. Salpico el espacio de nerviosos trazos que sólo en mi imaginación representan dos ejércitos enfrentados.
La brisa insiste de pronto con más ímpetu y la cortina me parece ahora una bandera que creciera y ondeara orgullosa hasta rozar la mesa contigua. Sobre ella, impasibles aún, dos retratos en sus marcos gemelos y plateados anuncian una mínima victoria de un pasado aún cercano frente al correr de las estaciones.
Sin querer, un trazo se me escapa del papel a la alfombra y entonces descubro una presencia inmensa que planea sobre toda la casa y tiene la voz seca y fuerte del abuelo. Siento el corazón saltando en el pecho con la vitalidad de un pez recién pescado y paso la mano sobre una invisible línea azul que imagino que brillará con luz propia, aunque misteriosamente permanece aún invisible, escondida entre las flores rojas y las verdes hojas de la alfombra. Y al instante olvido todo de nuevo y escucho el lento martilleo de las voces en la cocina, la leve fricción del viento en la cortina y un estruendo inocente en una hojita de papel.
Una brisa, delgada como un cuchillo, balancea a ratos la blanca cortina de enormes flores verdosas que parece agitada por una mano misteriosa como un abanico gigante. Es verano aún; no sé por cuanto tiempo, pues septiembre está al caer, con su ruido de hojas y el corretear de los zapatos negros sobre los charcos. Pero es agosto aún y parece, por momentos, que el tiempo se detuviera y me mirara, compasivo, como queriendo darme una tregua sabedor, naturalmente, que es él quién tiene siempre la última palabra.
En un papel dibujo torpes líneas verticales y horizontales, rápidas y diminutas. Salpico el espacio de nerviosos trazos que sólo en mi imaginación representan dos ejércitos enfrentados.
La brisa insiste de pronto con más ímpetu y la cortina me parece ahora una bandera que creciera y ondeara orgullosa hasta rozar la mesa contigua. Sobre ella, impasibles aún, dos retratos en sus marcos gemelos y plateados anuncian una mínima victoria de un pasado aún cercano frente al correr de las estaciones.
Sin querer, un trazo se me escapa del papel a la alfombra y entonces descubro una presencia inmensa que planea sobre toda la casa y tiene la voz seca y fuerte del abuelo. Siento el corazón saltando en el pecho con la vitalidad de un pez recién pescado y paso la mano sobre una invisible línea azul que imagino que brillará con luz propia, aunque misteriosamente permanece aún invisible, escondida entre las flores rojas y las verdes hojas de la alfombra. Y al instante olvido todo de nuevo y escucho el lento martilleo de las voces en la cocina, la leve fricción del viento en la cortina y un estruendo inocente en una hojita de papel.
sábado, 8 de agosto de 2009
XX
Estoy frente al mar mientras el sol camina hacia un horizonte de tiralíneas. El aire es frío. Es de invierno. Pero el sol de esta tarde de marzo es cálido, como una caricia. Me invita a quedarme. Estoy solo y dejo que los sentidos marquen el camino. La brisa, sigilosa, pasa de puntillas, rozándome la espalda con su mano helada. Aquí y allá escucho el trino de los pájaros silvestres y no los veo. Están ahí, como las nubes y como la espuma que se levanta sobre las rocas lejanas sin ruido, silenciosa como una señal secreta. Y la luz. La luz es única y al tiempo se va muriendo suavemente, casi sin querer despedirse del todo.
Comprendo de pronto que estoy viviendo un momento especial y me relaja la idea de ser consciente, en este instante, de la vida y del tiempo. He vivido otros atardeceres. Todos han sido únicos y se han ido. Cada día, cada hora, cada luz y cada sombra son en el instante en que nos rodean y pasan, despacito y sin ruido, de la retina a la memoria y al alma. Sin prisas.
No hay nadie más que yo viviendo este instante. Esta tarde es mía. Y es irrepetible. Solamente yo soy testigo de su belleza y de su caducidad inmediata. No existe sin mí. Y nunca más habrá otra semejante. Esta brisa y este calor, la nube que se extiende como un techo rechoncho entre el mar y el cielo, jamás se repetirán. Y yo soy testigo de este momento. Y son consciente de ello.
No lo fui entonces, hace años, cuando me cité con ella en el parque, sobre el mar. Aquel fue el primero de otros encuentros sin pasado y sin futuro. Era septiembre. El verano estaba dejando paso al otoño cálido y gris de suelos marrones y cielos de acero. Pero aún estaba ahí, contigo, dibujado en tu piel y en tu mirada. Yo miraba al frente porque apenas me atrevía a mirarte a los ojos y entonces, cuando dejaba de escrutar el más allá, me quedaba mirando tu nariz y tus labios y dejaba que me calaran tus palabras como la lluvia. Ya no recuerdo, sin embargo, apenas nada. Salvo tu tristeza repentina y el llanto. Hubiera podido sentirme feliz por ser la única persona en el mundo que vivía ese instante. Lo hubiera sido si lo hubiera sabido.
Tú nunca serías la misma. Ya no. Vendrían otros a escucharte y a mirarte a los ojos. Pero no estarías ya como en septiembre. Ni yo tampoco.
Todos los días son únicos. Y yo soy un malgastador de momentos. Paso de largo sin querer detenerme o sin saber hacerlo. Pero en ocasiones consigo pararme un momento, como esta tarde, y atrapar en mis manos el tiempo y beberlo sin prisa, a mi manera. Verlo desaparecer, después, es ya de una tristeza más pequeña. Inevitable.
Me consuela recoger ahora, tantos años después, los momentos en que te tuve conmigo y saber que entonces, por unos minutos, nadie más estuvo tan cerca del paraíso.
Comprendo de pronto que estoy viviendo un momento especial y me relaja la idea de ser consciente, en este instante, de la vida y del tiempo. He vivido otros atardeceres. Todos han sido únicos y se han ido. Cada día, cada hora, cada luz y cada sombra son en el instante en que nos rodean y pasan, despacito y sin ruido, de la retina a la memoria y al alma. Sin prisas.
No hay nadie más que yo viviendo este instante. Esta tarde es mía. Y es irrepetible. Solamente yo soy testigo de su belleza y de su caducidad inmediata. No existe sin mí. Y nunca más habrá otra semejante. Esta brisa y este calor, la nube que se extiende como un techo rechoncho entre el mar y el cielo, jamás se repetirán. Y yo soy testigo de este momento. Y son consciente de ello.
No lo fui entonces, hace años, cuando me cité con ella en el parque, sobre el mar. Aquel fue el primero de otros encuentros sin pasado y sin futuro. Era septiembre. El verano estaba dejando paso al otoño cálido y gris de suelos marrones y cielos de acero. Pero aún estaba ahí, contigo, dibujado en tu piel y en tu mirada. Yo miraba al frente porque apenas me atrevía a mirarte a los ojos y entonces, cuando dejaba de escrutar el más allá, me quedaba mirando tu nariz y tus labios y dejaba que me calaran tus palabras como la lluvia. Ya no recuerdo, sin embargo, apenas nada. Salvo tu tristeza repentina y el llanto. Hubiera podido sentirme feliz por ser la única persona en el mundo que vivía ese instante. Lo hubiera sido si lo hubiera sabido.
Tú nunca serías la misma. Ya no. Vendrían otros a escucharte y a mirarte a los ojos. Pero no estarías ya como en septiembre. Ni yo tampoco.
Todos los días son únicos. Y yo soy un malgastador de momentos. Paso de largo sin querer detenerme o sin saber hacerlo. Pero en ocasiones consigo pararme un momento, como esta tarde, y atrapar en mis manos el tiempo y beberlo sin prisa, a mi manera. Verlo desaparecer, después, es ya de una tristeza más pequeña. Inevitable.
Me consuela recoger ahora, tantos años después, los momentos en que te tuve conmigo y saber que entonces, por unos minutos, nadie más estuvo tan cerca del paraíso.
miércoles, 26 de noviembre de 2008
XIX
Era el tiempo de los paseos solitarios. El tiempo de la nada y los vacíos. Los campos se extendían como sábanas y la luz al mediodía era casi transparente.
Era el mes de abril y me sentía cansado y se diría que me encorvaba al caminar y creo que por eso es por lo que salía en las tardes a los caminos, para calentar mis huesos con ese sol que dejaba atrás su frialdad invernal y prometía días más anaranjados, como hojas de un libro anciano.
Buscaba una roca elevada, junto a algún polvoriento camino por la ausencia de lluvias, y allí me adormecían los pensamientos más diversos que saltaban de un tiempo a otro sin ninguna aparente lógica, como gorriones nerviosos en las ramas desnudas. Así dejaba correr los días y en realidad que la vida transcurría indolente y lacia y evocaba con frecuencia los caminos que en mi infancia recorría en una bicicleta verde que saltaba entre surcos y piedras con la alegría de un saltamontes. Pero los recuerdos no eran más que fotos borrosas y caprichosas, destellos de relámpagos que a veces, si duraban lo justo, casi llegaban a emocionarme, como cuando contemplas el álbum de la boda mientras te preguntas qué es lo que salió tan mal y desde cuando perdiste el compás de los sueños.
Buscaba también el silencio. Pero el silencio mío era el trinar de un pájaro lejano, el rumor del mar, como un susurro permanente, y las notas que el viento dejaba en las ramas y en las praderas. No me hacía falta nota alguna más.
Había instantes en los que, sentado al sol que declinaba y se tornaba más y más frío, llegaba a apreciar el sentido de lo eterno. No era yo entonces ni la tarde era la misma. Se diría que una cúpula de cristal se había posado sobre mí y sobre todo aquello que me rodeaba, tanto afuera como dentro de mí, y dentro de ella se hubiera detenido el tiempo y todo pudiera conservarse así indefinidamente. Sentía, entonces, una sorprendente ligereza y podía llegar a pensar que mi cuerpo se había convertido en aire y nada pesaba en mí y el dolor jamás podría volver a tocarme; ni el frío tenía ya cabida en ese momento. Solamente la luz menguante venía a despertarme de tales ensoñaciones y entonces la caída se tornaba extrañamente dolorosa, como si de pronto mil alfileres acuchillaran el tiempo.
- No me conoces. Aún no sabes quién soy.
Supongo que todo despertar arrastra sus pesadillas. Y su mirada era firme y sincera. Y ante la verdad yo estaba desnudo y desarmado.
- ¡Ámame! , le gritaba, y al instante comprendía que mis palabras se quedaban cortas y la sonrisa que brotaba de sus labios me hablaba de un reino de sombras en donde ella no tenía cabida.
Espantando fantasmas regresaba con las primeras estrellas, escrutando ante mí, no fuera a pisar un caracol.
Era el mes de abril y me sentía cansado y se diría que me encorvaba al caminar y creo que por eso es por lo que salía en las tardes a los caminos, para calentar mis huesos con ese sol que dejaba atrás su frialdad invernal y prometía días más anaranjados, como hojas de un libro anciano.
Buscaba una roca elevada, junto a algún polvoriento camino por la ausencia de lluvias, y allí me adormecían los pensamientos más diversos que saltaban de un tiempo a otro sin ninguna aparente lógica, como gorriones nerviosos en las ramas desnudas. Así dejaba correr los días y en realidad que la vida transcurría indolente y lacia y evocaba con frecuencia los caminos que en mi infancia recorría en una bicicleta verde que saltaba entre surcos y piedras con la alegría de un saltamontes. Pero los recuerdos no eran más que fotos borrosas y caprichosas, destellos de relámpagos que a veces, si duraban lo justo, casi llegaban a emocionarme, como cuando contemplas el álbum de la boda mientras te preguntas qué es lo que salió tan mal y desde cuando perdiste el compás de los sueños.
Buscaba también el silencio. Pero el silencio mío era el trinar de un pájaro lejano, el rumor del mar, como un susurro permanente, y las notas que el viento dejaba en las ramas y en las praderas. No me hacía falta nota alguna más.
Había instantes en los que, sentado al sol que declinaba y se tornaba más y más frío, llegaba a apreciar el sentido de lo eterno. No era yo entonces ni la tarde era la misma. Se diría que una cúpula de cristal se había posado sobre mí y sobre todo aquello que me rodeaba, tanto afuera como dentro de mí, y dentro de ella se hubiera detenido el tiempo y todo pudiera conservarse así indefinidamente. Sentía, entonces, una sorprendente ligereza y podía llegar a pensar que mi cuerpo se había convertido en aire y nada pesaba en mí y el dolor jamás podría volver a tocarme; ni el frío tenía ya cabida en ese momento. Solamente la luz menguante venía a despertarme de tales ensoñaciones y entonces la caída se tornaba extrañamente dolorosa, como si de pronto mil alfileres acuchillaran el tiempo.
- No me conoces. Aún no sabes quién soy.
Supongo que todo despertar arrastra sus pesadillas. Y su mirada era firme y sincera. Y ante la verdad yo estaba desnudo y desarmado.
- ¡Ámame! , le gritaba, y al instante comprendía que mis palabras se quedaban cortas y la sonrisa que brotaba de sus labios me hablaba de un reino de sombras en donde ella no tenía cabida.
Espantando fantasmas regresaba con las primeras estrellas, escrutando ante mí, no fuera a pisar un caracol.
XVIII
Las horas grises se repiten con monótona asiduidad. Vienen a su cita al igual que las olas regresan a la playa. Y aquí me encuentran siempre. Espero su acometida y las recibo de la mejor manera que soy capaz. A pesar de todo, desearía poder olvidarme de ellas.
Unas veces es algo tangible lo que las acerca a mi solitario refugio de recuerdos y de sombras y las cobija como un buen fuego en invierno. Otras muchas veces, sin embargo, no hay signo alguno que explique su llegada. Vienen de improviso y son estas visitas las más inoportunas y las más odiosas.
No debería extrañarme. No debería revelarme ya a esta costumbre. Las tareas repetidas, los paseos por los mismos parajes, las miradas al espejo, todo forma parte de esas rutinas que me conforman; manos de barro sobre arcilla. Soy tantas pequeñas cosas, tantas ausencias, tantos miedos, tantas fugas …
Sigo teniendo miedo de la noche, como cuando de niño me espantaban los cuartos a oscuras como bocas hambrientas. Pero la noche ya no es solamente un espacio sin luz. La noche, mis noches, son las horas de soledad absoluta, de abandono, de silencio inquebrantable. La noche soy yo.
Unas veces es algo tangible lo que las acerca a mi solitario refugio de recuerdos y de sombras y las cobija como un buen fuego en invierno. Otras muchas veces, sin embargo, no hay signo alguno que explique su llegada. Vienen de improviso y son estas visitas las más inoportunas y las más odiosas.
No debería extrañarme. No debería revelarme ya a esta costumbre. Las tareas repetidas, los paseos por los mismos parajes, las miradas al espejo, todo forma parte de esas rutinas que me conforman; manos de barro sobre arcilla. Soy tantas pequeñas cosas, tantas ausencias, tantos miedos, tantas fugas …
Sigo teniendo miedo de la noche, como cuando de niño me espantaban los cuartos a oscuras como bocas hambrientas. Pero la noche ya no es solamente un espacio sin luz. La noche, mis noches, son las horas de soledad absoluta, de abandono, de silencio inquebrantable. La noche soy yo.
XVII
Vivimos despidiéndonos. Es ley de vida.
Nos despedimos de las estaciones y los años. De la lluvia, del sol y de la oscuridad.
Yo, desde que lo recuerdo, me he estado despidiendo de personas, animales y cosas. Como si desmigajara un trozo de pan por el camino. Pero ese camino sé que no tiene vuelta atrás. Aunque la despedida nos parezca pasajera... he comprendido que cualquier despedida es siempre definitiva, de una manera o de otra.
A veces parece que solo conocemos a alguien para tener de quién despedirnos luego. Y a veces me parece que la verdadera soledad es no tener de quién despedirme y entonces es cuando me asusto de mi propio reflejo e intento recordar a quién podría considerar lo suficientemente mío como para poder padecer su despedida.
"Considerar lo suficientemente mío..." Puede que esas palabras me identifiquen mejor que muchas fotos de las que prefiero casi olvidarme. Pues soy un acaparador, un ladrón de almas, de cariños.
(Escucho "April, come she will", que me llega de repente como un regalo maravilloso. Es la canción de la despedida, aunque ya no me quedan lágrimas con que acompañarla).
Bebo de los otros todo aquello que nunca aprendí. Observo sus gestos, sus abrazos y hasta les robaba sus besos para aprender a besar. Y así es como sé que he vivido de prestado para hacer la única cosa que he aprendido sin necesidad de consejos: a despedirme de la gente, de las cosas y de los animales.
Laureano, Boliche, el caballo gris, Teresa, el sillón verde, una cuerda, la bici, Ulises, el abuelo, la infancia, la nobleza, Canucha, ...
Aquí y ahora estoy enfrentándome a una nueva despedida, reciente, imprevista y dolorosa, como corresponde a cualquier despedida digna.
Cerca de donde vivo hay una duna gigante, como un edificio de varios pisos y bastante extensa. Ahora es un espacio protegido y no se puede subir a ella, pero hace años no era así y el loco de Ulises trepaba y descendía por sus pendientes arenas con una locura contagiosa. Será inevitable visitarla.
Porque es un lugar maravilloso... y porque será otra miga de pan a mis espaldas.
Nos despedimos de las estaciones y los años. De la lluvia, del sol y de la oscuridad.
Yo, desde que lo recuerdo, me he estado despidiendo de personas, animales y cosas. Como si desmigajara un trozo de pan por el camino. Pero ese camino sé que no tiene vuelta atrás. Aunque la despedida nos parezca pasajera... he comprendido que cualquier despedida es siempre definitiva, de una manera o de otra.
A veces parece que solo conocemos a alguien para tener de quién despedirnos luego. Y a veces me parece que la verdadera soledad es no tener de quién despedirme y entonces es cuando me asusto de mi propio reflejo e intento recordar a quién podría considerar lo suficientemente mío como para poder padecer su despedida.
"Considerar lo suficientemente mío..." Puede que esas palabras me identifiquen mejor que muchas fotos de las que prefiero casi olvidarme. Pues soy un acaparador, un ladrón de almas, de cariños.
(Escucho "April, come she will", que me llega de repente como un regalo maravilloso. Es la canción de la despedida, aunque ya no me quedan lágrimas con que acompañarla).
Bebo de los otros todo aquello que nunca aprendí. Observo sus gestos, sus abrazos y hasta les robaba sus besos para aprender a besar. Y así es como sé que he vivido de prestado para hacer la única cosa que he aprendido sin necesidad de consejos: a despedirme de la gente, de las cosas y de los animales.
Laureano, Boliche, el caballo gris, Teresa, el sillón verde, una cuerda, la bici, Ulises, el abuelo, la infancia, la nobleza, Canucha, ...
Aquí y ahora estoy enfrentándome a una nueva despedida, reciente, imprevista y dolorosa, como corresponde a cualquier despedida digna.
Cerca de donde vivo hay una duna gigante, como un edificio de varios pisos y bastante extensa. Ahora es un espacio protegido y no se puede subir a ella, pero hace años no era así y el loco de Ulises trepaba y descendía por sus pendientes arenas con una locura contagiosa. Será inevitable visitarla.
Porque es un lugar maravilloso... y porque será otra miga de pan a mis espaldas.
XVI
Miraba desde la ventana las calles húmedas y solitarias. La lluvia había cesado, dejando el aire impregnado de una fragancia a otoño y añoranzas.
La cama, a su espalda, en perfecto desorden, le recordaba su insomnio.
Recorría con la mirada las gotas que tapizando los cristales daban a todas las cosas un aspecto onírico y deforme. Y recorría mentalmente los latidos de su corazón.
Sobre la mesa descansaba "Campos de Castilla", abierto como una hermosa mujer ofreciéndole el paraíso. Pero ya no podía entregarle más vigilias.
Hacía más de un mes que deambulaba por la casa solitaria, solitario y taciturno. Por el día cerraba ventanas y persianas, respirando el humo de tabaco que flotaba en las habitaciones como una leve neblina sobre un río. Por las noches abría su alma a las estrellas, latiendo con ellas en busca del más allá.
No se sentía desgraciado, ni maldito. Estaba vacío y, por tanto, ligero e irreal. Todo pasaba a través sin dejar huella. Como una sombra, como una brisa cálida, ligero y sin sustancia, veía pasar la vida entre sus manos como un hermoso espejismo.
La cama, a su espalda, en perfecto desorden, le recordaba su insomnio.
Recorría con la mirada las gotas que tapizando los cristales daban a todas las cosas un aspecto onírico y deforme. Y recorría mentalmente los latidos de su corazón.
Sobre la mesa descansaba "Campos de Castilla", abierto como una hermosa mujer ofreciéndole el paraíso. Pero ya no podía entregarle más vigilias.
Hacía más de un mes que deambulaba por la casa solitaria, solitario y taciturno. Por el día cerraba ventanas y persianas, respirando el humo de tabaco que flotaba en las habitaciones como una leve neblina sobre un río. Por las noches abría su alma a las estrellas, latiendo con ellas en busca del más allá.
No se sentía desgraciado, ni maldito. Estaba vacío y, por tanto, ligero e irreal. Todo pasaba a través sin dejar huella. Como una sombra, como una brisa cálida, ligero y sin sustancia, veía pasar la vida entre sus manos como un hermoso espejismo.
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